En realidad se ha venido desarrollando en los últimos 50 ó 60 años. Se refiere al espacio y al tiempo en el cual somos libres de decidir qué queremos hacer, cuándo y cómo, o simplemente no hacer nada. Es preciso un tiempo libre a disposición del ocio, libre de las ocupaciones, de las tareas domésticas y de los tiempos dedicados a las necesidades personales. Aunque haya personas que disfruten de toda clase de actividades, incluso del trabajo, hablamos del ocio en el sentido de «lugar de encuentro personal con lo que a uno le gusta y le causa disfrute, le supone recreación, esparcimiento y lo siente como lúdico».
Históricamente, los ricos y las clases nobles o adineradas, por supuesto no los trabajadores, disfrutaban del ocio a tiempo completo. Los esclavos o los siervos se encargaban de todo lo demás. La revolución burguesa, con el lema «el tiempo es oro», magnificó y ensalzó los valores del trabajo frente a la pereza. El trabajo, la ocupación total del tiempo para el patrono, redimía de la gandulería o la bebida y evitaba el desorden en la vida familiar o social. Paul Lafargue reivindicó el derecho a la pereza como elemento revolucionario. Pedía no trabajar más de tres horas al día y dedicar el resto del tiempo a la holganza. Proclamó: «Seamos perezosos en todo excepto en beber y amar, excepto en ser perezosos».
Las posteriores luchas sociales y las conquistas socialdemócratas, junto con los incrementos en la productividad del trabajo como consecuencia de las innovaciones técnicas o la generalización de los electrodomésticos en los hogares, consiguieron conquistar un tiempo arrebatado al resto de las actividades humanas tradicionales. Esto permitió, por un lado, la regulación de la jornada laboral y la instauración de periodos de descanso y vacación; y, por otro, facilitó enormemente las labores de la casa haciendo posible la aparición de tiempo libre, primero para el descanso y solo después para las actividades de ocio, recreación y esparcimiento. De esta manera, en la actualidad podemos asegurar que el uso del tiempo libre ha dado lugar a la aparición de una nueva actividad económica denominada industria del ocio, que incluye el turismo, la cultura, las actividades deportivas y muchas otras actividades recreativas.
Sin embargo, el fenómeno del ocio no es universal; afecta (o beneficia, según se mire) fundamentalmente a los países ricos, en los cuales el tiempo libre e incluso el ocio constituyen ya un derecho instaurado en sus sociedades. La asociación mundial World Leisure, en su carta por el ocio, y amparándose en el artículo 27 de la Declaración Universal de Derechos Humanos, pide que el ocio y la recreación sean un derecho mundial extendido a todo el planeta: «Todo el mundo tiene derecho al ocio en armonía con las normas y los valores sociales de su comunidad. Los gobiernos están obligados a reconocer y proteger este derecho a sus ciudadanos».
En la actualidad, el ocio es la expresión genuina de la conquista de un tiempo para nosotros; más que un derecho a la pereza, pues también la incluye; más que la planificación de actividades lúdicas dirigidas al recreo cultural, al consumo, al turismo o a otras muchas actividades recreativas. El ocio ha de concebirse como un espacio de libertad para ser ejercido en libertad con el resto de los ciudadanos.
Por tanto, cuando hablamos de formación para el ocio , entendemos que hay que enseñar y aprender a utilizar nuestro tiempo para el ocio en todas las etapas de la vida: infancia, juventud, edad madura o vejez. Se trata de un aprendizaje más a lo largo de toda la vida, y como tal ha de entenderse y promocionarse. También habremos de aprender que el ocio es disfrute, por supuesto, pero a la vez se hace necesario educar para comprender la importancia del tiempo libre, un tiempo liberado para dedicarlo a transformarnos, para hacernos más humanos, más sociales, para cambiar el mundo que nos rodea y compartir con otros la felicidad. Educar para el disfrute de la vida. Nada más, pero tan poco menos...