Formacion XXI. Revista de formacion y empleo

Formación XXI.

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Julio 13

Un desafío del siglo XXI

Formar en competencias competitivas desde la FP para ser emprendedor.

Artículo realizado por:   Antonio Rial Sánchez , Profesor titular USC y Raquel Mariño Fernández , Profesora interina USC.

Hoy en día la formación para el trabajo debe ofertar un itinerario formativo que contemple y fomente el emprendimiento como recurso facilitador de la inserción laboral, creación de proyectos innovadores y/o trabajos más productivos. Las herramientas clave para la consecución de este ambicioso objetivo radican en una formación centrada en la gestión y planificación de proyectos empresariales, innovadores, directamente vinculados a las ocupaciones emergentes que desde el mercado laboral inmediato se estén demandando. Este nuevo enfoque formativo permitirá impulsar el desarrollo de competencias emprendedoras para el autoempleo, así como nuevas estrategias para inducir cambios actitudinales y de gestión empresarial, tanto en la sociedad como en los propios entornos de trabajo.

Introducción

Referentes clave sobre emprender

El papel de la formación no se concibe hoy separado del de producción o trabajo; cada vez son más los esfuerzos dirigidos a la consecución de una formación que responda más a las necesidades y demandas reales del mundo del trabajo (Rial A., 2008). Los entornos y mercados de trabajo demandan en los perfiles profesionales de sus trabajadores y trabajadoras competencias cada vez más innovadoras, flexibles y creativas que les permitan gestionar los constantes cambios, demandas y necesidades que la sociedad exige al mundo productivo.

El fenómeno del emprendimiento es una realidad que en este siglo XXI afecta a todas las facetas de la vida, pero sobre todo a la formativa-profesional. El concepto emprender se asienta sobre la capacidad de crear ideas innovadoras, útiles y beneficiosas para el desarrollo, crecimiento y mejora, social, laboral y/o económica, de tal forma que generen un bien o servicio que satisfaga ciertas demandas existentes en dicho entorno sociolaboral. Richard Cantillon (1755) fue el primer economista francés que, ya en pleno siglo XVIII, nos describía al emprendedor como "aquel profesional capaz de comprender el cambiante comportamiento de los mercados y sus riesgos, y anticiparse a sus demandas y necesidades, reorganizando los medios de producción hacia la consecución de un nuevo producto". Otro economista francés destacado, Jean Baptiste (1803), añadía que el sujeto emprendedor es "aquel profesional que reúne capacidades de liderazgo, es arriesgado y evalúa sus iniciativas en términos de costes/beneficios con los recursos existentes para alcanzar esa mayor productividad".

Posteriormente, Joseph Schumpeter (1942) añade una característica fundamental a este perfil: la creatividad. El emprendedor es aquel profesional innovador, dinámico y creativo que genera desequilibrios controlados en el mercado de trabajo con el objetivo de promover la creación de nuevas ideas imprescindibles para el crecimiento y expansión de los mercados (un proceso circular de creación conocido como destrucción creativa ). En cuanto a Drucker (1986), resaltó que los individuos emprendedores lo son porque la innovación forma parte de su personalidad, es decir, son capaces de crear una empresa a partir de una buena idea emprendedora y sus proyectos se asientan sobre uno o varios factores altamente innovadores (nuevos productos, servicios, métodos de producción, materias primas, etc.).

Otro referente a destacar en este trabajo son las alegaciones recogidas en las obras del norteamericano Howard Stevenson (1975), de la Universidad de Harvard, quien recoge en una de sus obras que se entiende emprendedorismo o emprendedurismo como "el proceso que conlleva el desarrollo de actividades orientadas a perseguir una oportunidad más allá de los recursos que se controlan inicialmente, es decir, cuando hablamos de los estudios, las dinámicas sociales, las teorías, la herramienta, la política que tiene su foco en el emprendedor o en su actividad en general". En cambio, el emprendimiento se define como "el arte o actividad de emprender y generar riqueza con objetivos y medios para alcanzarlos, que va más allá de la certidumbre y de los recursos necesarios para tal fin". Este autor realizó un estudio muy interesante donde se analizaban las diferencias y semejanzas entre las capacidades de los emprendedores y las de ejecutivos exitosos. La comparativa final de los resultados obtenidos en dicho estudio recoge gran parte de las competencias que se deben integrar en una cultura curricular emprendedora. A continuación se recogen, junto a esos resultados, las competencias emprendedoras que se deben primar en el perfil del emprendedor:

En resumen, para Stevenson y sus precursores se puede decir que el sujeto emprendedor debe reunir sobre todo tres cualidades esenciales: innovación, dinamismo y flexibilidad. Aunque en general se suele utilizar este término dentro del campo empresarial, es decir, referido al sujeto capaz de crear una idea de actividad emprendedora transformable en una empresa innovadora, también se puede ser emprendedor dentro de otra empresa y/o en cualquier otro campo profesional, ya que lo que verdaderamente define el perfil emprendedor es su capacidad para trasformar ideas creativas e innovadoras en actos productivos. Por lo tanto, la capacidad de emprendimiento de un sujeto va vinculada al desarrollo de habilidades como la asunción de riesgos y la planificación, evaluación y gestión de proyectos para lograr unos fines. Hablar de formar en competencias emprendedoras a los individuos nos exige, pues, replantear un nuevo enfoque curricular por competencias desde la tierna infancia o, lo que es lo mismo, desde la enseñanza básica obligatoria para sentar los cimientos sobre los que se construirán y desarrollarán los nuevos proyectos e ideas de las y los futuros emprendedores (Carnota P., 2010).

Actualmente son varios los autores que se posicionan a favor de la necesidad de entender este nuevo currículo y la formación para el trabajo desde esta perspectiva. En todos los contextos y perfiles profesionales se apuesta por una formación más cercana y acorde a los requerimientos y necesidades de las profesiones y de sus entornos sociolaborales, y que fomente en los sujetos el desarrollo de la competencia emprendedora. En consecuencia, las instituciones educativas y, más concretamente, los centros de formación profesional, podrían ejercer este nuevo liderazgo hacia el cambio de mentalidad formativa y actuar como núcleos promotores del emprendimiento dada su vinculación, sensibilidad y proximidad al campo de la formación para el empleo.

La falta de giro o de cambio curricular e institucional que persiste se justifica ante la falta de consenso entre los profesionales que creen que las instituciones educativas deben cambiar desde esta perspectiva y, consecuentemente, reciclar su formación y competencias como formadores para potenciar y formar con éxito en competencias emprendedoras y, en el otro extremo, aquellos profesionales que creen que el cometido de las instituciones no es éste y se mantienen fieles a la rigidez y formalismos de los currículos y didácticas de sus disciplinas, dejando este objetivo, por ejemplo, para las instituciones dedicadas a la creación de empresas y/o a la administración de empresas. Las actuales instituciones educativas, entre las que se encuentran los centros y las escuelas de formación profesional, no pueden permanecer al margen de estos nuevos requerimientos y demandas formativas-profesionales de los mercados de trabajo. Deben contribuir a formar en nuestros ciudadanos y ciudadanas una actitud emprendedora y, consecuentemente, entrenarlos en habilidades y competencias para la identificación de nuevas oportunidades, la generación y transformación de ideas en proyectos innovadores y productivos y, finalmente, en competencias que les permitan aprovechar el máximo potencial de sus experiencias laborales como el medio de aprendizaje más idóneo para adquirir competencias para el emprendimiento (Mariño, R., Rego L., Rial A. 2009).

Formación

La formación por competencias: del enfoque curricular clásico a la creación de un enfoque competitivo para emprender.

Durante siglos la pedagogía ha tenido como uno de sus instrumentos favoritos en sus usos y costumbres, la lección magistral, o sea, el mensaje en sentido único del maestro que sabe hacia los alumnos y alumnas que reciben pasivamente el saber. En una sociedad actual como la nuestra este sistema de comunicación unilateral queda obsoleto y cualquier entidad formativa que pretenda alcanzar unos mínimos de calidad educativa debería sustituirlo por un nuevo enfoque curricular basado en la comunicación bidireccional. Este nuevo proceso comunicador se construye alrededor de un feed-back constante de conocimientos e ideas cuyos diálogos entre formador/a-alumno/a se convierten en unas dinámicas didácticas más participativas y productivas que, en definitiva, caracterizan el nuevo método de enseñanza- aprendizaje del docente emprendedor. Esta nueva forma de entender la formación permite ampliar, mejorar y reforzar la adquisición y el desarrollo de competencias más autónomas y creativas que den soporte en los perfiles profesionales al verdadero espíritu empresarial.

Por lo tanto, la formación profesional es un escenario educativo cuyo potencial profesionalizador y de inserción laboral hace todavía más necesario fomentar y desarrollar estas capacidades y actitudes claves para el emprendimiento. El emprendimiento se convierte así en el mayor desafío profesional que el actual sistema de FP debe afrontar, ya que el desarrollo de dichas capacidades va a incrementar las posibilidades de reconocer dónde surgen las verdaderas oportunidades que ofrece el mercado de trabajo actual. Podemos decir, pues, que la relevancia del emprendimiento en este alumnado se hace mayor al permitirles generar empleo en unos sectores cuyas posibilidades de inserción laboral, con la actual crisis, pueden ser pocas o de baja cualificación.

Esta emergente realidad pone de manifiesto que las pequeñas y medianas empresas (pymes) tal vez son los nuevos yacimientos de empleo, así como potentes motores de crecimiento económico. En esta línea, el entramado empresarial exige que a nuestro alumnado se le forme e incentive en el desarrollo de iniciativas de creación de nuevos e innovadores proyectos empresariales. El manejo y acceso a la información para la creación de pymes facilita e incrementa la capacidad de creación de proyectos empresariales vinculados a la diversidad de ocupaciones en las que pueden formarse e insertarse nuestros jóvenes. La formación profesional se convierte, pues, en una vía fundamental para impulsar cambios en la propia mentalidad de nuestro estudiantado, ya que les va a permitir ganar confianza y calidad en sus iniciativas emprendedoras. Por lo tanto, formar al alumnado y capacitarlo para crear una empresa o ayudarle a mejorar o hacer más competitivo un proyecto laboral dentro de otra empresa, son medidas que de por sí incrementan y diversifican sus posibilidades de inserción y crecimiento laboral.

FCT

El proceso de emprender desde la formación en centros de trabajo (FCT): crisol del emprendimiento

Un referente clave desde el cual enfocar esta nueva concepción del currículo lo encontramos en el planteamiento del «diseño curricular por competencias», entendido como ese proceso que permite gestionar, mediante un eje transversal, el desarrollo y la adquisición de todas estas nuevas competencias a través de la creación y el diseño de nuevos itinerarios formativos que combinen competencias específicas propias de cada perfil profesional con estas competencias transversales propias de la verdadera cultura emprendedora.

Desarrollar con éxito y eficacia este nuevo compromiso formativo-profesional conlleva una serie de cambios que exigen nuevas responsabilidades a los diferentes profesionales que forman parte de dichas comunidades educativas. En el caso de la formación profesional, las exigencias de una intervención más eficaz son mayores, pues se persigue transformar el entono de las FCT en un entorno de empleo emergente que favorezca la integración del verdadero espíritu emprendedor. El objetivo debe ser convertirlo en una herramienta de cualificación para el desarrollo de estas nuevas competencias, de forma que permita al alumnado un mejor posicionamiento en los actuales entornos laborales y empresariales. Este nuevo enfoque curricular por competencias para el emprendimiento también pretende facilitar el acceso a la información y servicios (de empleo, empresariales, jurídicos, de apoyo o asesoramiento, etc.) que se demandan para consolidar y equilibrar estos nuevos e innovadores proyectos profesionales. Como resultado de esta nueva propuesta se pretende reorganizar y mejorar el modulo de FCT integrando protocolos formativos para aprender a emprender. El proceso emprendedor exige que en los protocolos formativos se incluyan las siguientes tareas formativas:

  • Adquirir una mayor perspectiva sobre los procesos centrales de gestión y organización de proyectos.
  • Ampliar los conocimientos sobre los procesos y aspectos vinculados a la toma de decisiones para poder desarrollar con éxito su negocios de forma proactiva.
  • Formarse en técnicas y estrategias que le permitan identificar la innovación y diferenciación de su propia idea o negocio de las ideas o negocios de los competidores que ya existan en ese mercado.
  • Formular una idea a través de un análisis de la realidad del mercado para transformarla en una meta con valor, concisa e inspiradora para sus clientes.
  • Aleccionarse en una secuencia de técnicas y protocolos que le permitan transformar esa idea en producción.

Por consiguiente, el gran desafío para los participantes del proceso emprendedor es llegar a producir esas ideas con valor innovador, que les conduzcan a esos grandes negocios de alto impacto en sus mercados de trabajo a los que todo emprendedor aspira. Como ya hemos apuntado anteriormente, el emprendedor no nace, se hace, y, si bien es cierto que muchas de estas condiciones son innatas, hay un elemento vital en la vida emprendedora que lo determina casi todo en el proceso: «la oportunidad» (Miguez, D., 2008).

Desde los entornos formativos del módulo de FCT se pretende que nuestros futuros emprendedores profesionales opten a esas oportunidades y lo hagan con garantías de éxito. Es fundamental que para ello vayan nutriendo sus actitudes y aptitudes en su renovación del proceso creador. Mediante un autoanálisis de sí mismos podrán ir descubriendo cuáles deben desarrollar o mejorar para ser cada vez más eficientes en su proceso creativo. Podemos decir que éste es un propósito curricular-profesional bastante factible en la FCT ya que las capacidades emprendedoras profesionales no son necesariamente innatas sino que pueden ser parcial o totalmente adquiridas en los entornos formativos-profesionales y, por tanto, pueden desarrollarse y mejorarse mediante este proceso de aprendizaje propio y/o guiado que caracteriza a este módulo.

No podemos obviar, pues, que en el caso de la formación profesional la intervención debe ir más allá, ya que  alumnos y alumnas mediante el transcurso de las FCT entran en contacto con profesionales y entornos laborales reales y, por consiguiente, con posibles yacimientos de empleo hacia los que dirigir sus intereses emprendedores. Por ello, el reto de la FP debe ser buscar y ofrecer nuevas estrategias para trabajar conjuntamente entre los distintos agentes formativos y laborales hacia el compromiso común de promover la cultura emprendedora. Este propósito de mejorar el ejercicio emprendedor nos exige aportarles una mayor información sobre los procesos y recursos necesarios para la creación de empresas, tanto al inicio de sus trayectorias formativas, es decir, cuando aún son potenciales estudiantes, como durante sus trayectorias profesionales. Y éste es un compromiso con el cual la gran mayoría de los formadores todavía no estamos lo suficientemente identificados.

Autores como Míguez, D. (2008) o Zavala, A. (2007) nos recuerdan en su obra que en los mercados de trabajo siempre habrá lugar para la creación de nuevas ideas y de proyectos innovadores. Convertirlos en metas exitosas exige dar un paso más en el proceso emprendedor, exige desarrollar en los sujetos la capacidad de identificar una oportunidad y luchar por aprovecharla, algo que sólo se logra desarrollar, personal y profesionalmente, con perseverancia y tiempo. Desde la infancia, las personas nos preparamos para elegir una carrera formativa-profesional acorde con nuestra vocación o preferencias laborales. Realizar estos estudios era nuestra puerta de acceso al mundo del trabajo, mediante un puesto de trabajo que nos ofrecía una casi garantía de seguridad laboral hasta la jubilación y, cómo no, la oportunidad de desarrollarnos personal y profesionalmente en su desempeño. Sin embargo, en las últimas décadas, la situación de crisis que se lleva arrastrando en la casi totalidad de todos los sectores profesionales han hecho que esta realidad de estabilidad sufriese una drástica modificación. Hoy en día en los entornos profesionales se valoran competencias como la flexibilidad y variabilidad de las trayectorias formativo-profesionales (adaptabilidad para saltar del empleo público al privado, de un puesto de empleado a uno de empresario, de un trabajo más de tipo formal a uno más informal, etc.). Las instituciones en este reciclaje continuo-formativo deben preparar a jóvenes y/o trabajadores activos para afrontar un nuevo estilo de vida laboral que les exige capacidades para pasar de un modelo o tipo de trabajo a otro, de diferente sector o no. Su proceso emprendedor debe ser, pues, válido para «reformar y recapacitar», tanto a los sujetos que ya han recorrido esa trayectoria laboral como para los recién titulados o los que están próximos a concluir sus estudios.

Conclusiones

Hacia el emprendedor profesional

Los entornos educativos son los escenarios más adecuados para formar e impulsar a nuestros emprendedores. Queda claro, pues, que se debe educar y formar en conocimientos y competencias para la acción y no meramente para la omnisciencia. Un profesional competente es aquél que sabe hacer, sabiendo. Por ello el currículum debe prepararlo para el ejercicio de la vida adulta caracterizada por el trabajo, la formación que ello implica y la toma de decisiones que ésta conlleva. En consonancia, el diseño curricular por competencias se presenta como el proceso que «tiene como referente clave [...] el perfil profesional, a partir del cual se establecerá el perfil formativo y en consecuencia el curriculum» (Rial Sánchez, 2008:48).

Desde esta perspectiva emprendedora, las instituciones de FP deben contribuir al logro de estas nuevas metas educativas modificando y reinventado su currículo. Un nuevo proyecto curricular que permita potenciar en los formadores y formadoras las competencias para enseñar a emprender y verificar que adquieren estas competencias a través del Modelo de Evaluación de Donald Kirkpatrick (1959). Este modelo aporta cuatro niveles muy útiles: el nivel 1 (reacción) permite medir el grado de satisfacción de los alumnos con respecto a la formación que acaban de recibir; el nivel 2 (aprendizaje) determina el grado en que los participantes realmente asimilaron lo que se les impartió; el nivel 3 (comportamiento) evalúa si los alumnos o los participantes están aplicando en su puesto de trabajo lo que aprendieron en el aula; el nivel 4 (resultados) mide si los objetivos planificados en la acción formativa se trasladan a la organización de forma efectiva y eficiente.

Cuando el formador no facilita ni los espacios para emprender ni motiva la adquisición de valores como la libertad, la independencia, el dinamismo o la imaginación, el alumno emprendedor no acaba de despegar e incluso se rebela contra esta rigidez, careciendo a su vez de valor y utilidad este modelo evaluador. Por consiguiente, el currículo actual debe estar acorde, en un equilibrio constante, con las necesidades y cambios del contexto laboral que nos demanda un mayor volumen de emprendedores. También debe ser transversal para poder hacer viable el diseño y desarrollo de currículos integrados, en unas unidades que aborden los conocimientos, destrezas, instrumentos y competencias para el emprendimiento. Hablamos así de procesos que estimulen, desde los diferentes estadios del aprendizaje, el pensamiento complejo, crítico y autónomo, la curiosidad intelectual, la observación, la astucia, el idealismo, la superación, el carisma o la esperanza como nuevos elementos que deben formar parte del sujeto emprendedor competente.

Bibliografía

 

  • Barreira Cerqueiras, E. Mª. (2010). «A promoción e o apoio ao emprendemento na universidade galega». En Actas del XI Congreso Internacional de Galicia e Norte de Portugal de Formación para o traballo , vol. 192, 435-447.
  • Carnota Carneiro, P. (2010). «El desarrollo del espíritu emprendedor en la escuela: iniciativas y recursos para la educación primaria y la educación secundaria obligatoria». En Actas del XI Congreso Internacional de Galicia e Norte de Portugal de Formación para o traballo, vol. 192, 297-316.
  • Drucker, P. (1986). La innovación y el empresario innovador: la práctica y los principios. Barcelona: Apostrofe.
  • Kirkpatrick, D. L. (1999). Evaluación de acciones formativas. Los cuatro niveles. Barcelona: Gestión 2000. 
  • Mariño, R.; Rego, L. y Rial, A. (2009). «Currículum por competencias: propuesta de un diseño ejemplarizado en un máster de formación de recursos humanos en el entorno laboral». En Actas del V Congreso Iberoamericano de Docencia Universitaria , CD, 1223-1228.
  • Míguez, D. (2008). El emprendedor profesional: «un integrador para la creación de empresas dinámicas» . Buenos aires: División Libros.
  • Rial, A. (2008). «Referentes para diseñar y planificar la formación para el trabajo». En García, J. A. y Sabán, C. (coord.) Un nuevo modelo de formación para el siglo XXI: La enseñanza basada en competencias. Barcelona: Davinci. pp.  45-68.
  • Stevenson, H. (2000): «Why The entrepreneurship has won!» . Cambridge: Harward Business School.
  • Zabala, A. y Arnau, L. (2007). Cómo aprender y enseñar competencias . Barcelona: Graó.

Referencias

 

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