Formacion XXI. Revista de formacion y empleo

Formación XXI.

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Julio 13

Formación y emprendimiento

El emprendimiento tiene que formar parte de las aulas y de la formación reglada. La puesta en marcha reciente de algunas cátedras extraordinarias de emprendedores o de trabajo autónomo es una buena prueba de ello y ha posibilitado la oferta de asignaturas muy bien recibidas por los estudiantes.

El espíritu emprendedor lo define la Unión Europea como "la aptitud de las personas que, de forma individual o colectiva, desarrollan una iniciativa de carácter económico y se esfuerzan en su desarrollo y consolidación". Así viene recogido en el Libro verde del espíritu emprendedor, documento que, por otra parte, recuerda a todos los Estados miembros que esta aptitud y capacidad de i niciativa se forja en los primeros y más básicos niveles de la educación y que la Universidad, así como la formación profesional, son la mejor cuna para hacer nacer estas vocaciones emprendedoras.

Sin duda el sistema educativo español no es precisamente modélico en cuanto a la implantación de módulos de estudio y capacitación para hacer que los jóvenes tengan una actitud propensa al emprendimiento económico. Todavía la empresa se ve de lejos, no se conoce, no se valora. Los jóvenes consideran que los empresarios son otros, a los que tenemos que acudir para que nos proporcionen trabajo.

Todavía en la Universidad, incluso en los últimos años de los grados de formación económica, se tiene una visión equivocada del concepto de empresa. Cualquier estudiante podría definir una empresa media española como ?una sociedad mercantil, que tiene entre cinco o seis trabajadores, que realiza su actividad en un establecimiento comercial o industrial abierto al público y en la que la gestión está en manos de un equipo pequeño pero profesionalizado?.

Sin embargo, la mayoría muy cualificada de las empresas españolas son personas físicas, sin sociedad, sin trabajadores a su cargo, o con uno o dos como máximo, cuyo titular es el propio gestor, que desarrolla su actividad de forma personal y directa, sin contar para ello con un establecimiento fijo.

El sesenta por ciento de las empresas españolas no son sociedades y el ochenta por ciento no tienen empleados.

Por otra parte, la sociedad mediática nos ha trasladado un concepto erróneo de emprendedor. Se vincula el emprendimiento al éxito y se demoniza el fracaso. A pesar de ser la mejor escuela de grandes proyectos si lo superamos, el riesgo razonable se convierte en una barrera psicológica infranqueable. El «tú no sirves para empresario» se traslada hacia la juventud como un lugar común en el debate intergeneracional.

Con estas bases educativas será muy difícil reorganizar los valores del emprendimiento para que sea asumido como una forma digna y estable de abordar nuestro desarrollo profesional.

A medio y largo plazo el cambio de tendencia tendrá que establecerse en el nivel educativo básico. De hecho ya encontramos actividades escolares basadas en modelos de juegos y prácticas que están dando buenos resultados para el conocimiento de la realidad económica y la actividad empresarial. No sólo desde el punto de vista de las «técnicas» aplicables, sino también de los valores.

Sin embargo, hoy es más urgente abordar el problema con prioridad en el ámbito de la enseñanza secundaria, especialmente en el espacio de la formación profesional. La mayoría de los oficios y habilidades en los que se capacitan nuestros jóvenes en la formación profesional tienen una aceptable salida en el desarrollo del trabajo por cuenta propia.

El proceso acelerado de externalización de servicios en las empresas hace que las actividades auxilares, relacionadas con la construcción y el mantenimiento de instalaciones, servicios informáticos, hostelería etc., sean hoy más fácil de cubrir a través de contratos de servicios mercantiles que por la propia relación laboral.

Pero la falta de formación empresarial de estos colectivos puede convertirse en una losa difícil de levantar, y con ello perder muchas oportunidades o, lo que sería aún peor, asumir riesgos sin la red necesaria de los conocimientos imprescindibles que nos permitan aprovechar la oportunidad que el mercado ofrece y operar adecuadamente en él.

El módulo de Empresa de la FP es una experiencia interesante en la que habrá que profundizar, pero para ello se necesita en primer lugar una buena formación del profesorado. La inestabilidad en los puestos de trabajo en la enseñanza y la movilidad de los profesores en la impartición de asignaturas no parece el mejor escenario para profundizar en este camino.

La Universidad es también el otro campo de entrenamiento en el que se pueden formar muchos de nuestros futuros emprendedores. Sin duda se ha avanzado en la creación de viveros de empresas o incubadoras de proyectos en la Universidad española, pero esta tarea no es suficiente. El emprendimiento no puede ser sólo una acción paralela o subsidiaria en la educación universitaria. El emprendimiento tiene que formar parte de las aulas y de la formación reglada. La puesta en marcha reciente de algunas cátedras extraordinarias de emprendedores o de trabajo autónomo es una buena prueba de ello y ha posibilitado la oferta de asignaturas muy bien recibidas por los estudiantes.

Dejamos para el final, pero precisamente para resaltar su importancia, la introducción de la formación emprendedora y en gestión empresarial en el seno de la formación profesional para el empleo.

En este caso no se trata de proponer una recomendación de futuro, sino de abordar una exigencia inmediata, al menos en estos tres ámbitos:

  • Los cursos dirigidos a la formación de los desempleados deben contemplar con carácter obligatorio módulos de orientación para el autoempleo que preparen a los alumnos a asumir este sistema de trabajo si la realidad sociolaboral así se lo exige, lo que puede ser bastante probable en la mayoría de los casos.

     

  • Aunque con menor intensidad, conviene que muchos de los cursos dirigidos a trabajadores en activo con relación laboral, bien del sector público como privado, reciclen sus conocimientos de la realidad del trabajo autónomo que les rodea en su vida personal y profesional. Cada vez será mayor la relación de las empresas con proveedores y clientes autónomos que, tanto el gestor como cualquier trabajador, tiene que conocer. Progresivamente la convivencia en las empresas entre trabajadores asalariados y autónomos es más habitual, incluso se producirá bastante movilidad entre ambos colectivos.

     

  • Y, por supuesto, la asignatura pendiente es la propia formación y capacitación profesional de los trabajadores por cuenta propia, no sólo en su actividad sectorial, sino también en el conocimiento transversal de las habilidades necesarias para gestionar adecuadamente su entorno empresarial. Éste es el principal déficit actual de la formación profesional para el empleo. Escasamente un 7 % de los autónomos actuales han pasado por algún curso de formación en los últimos años. Poco más del 1 % de los nuevos autónomos han podido acceder con carácter previo a alguna acción formativa preparatoria. Y las perspectivas en esta materia no son buenas por la falta de conocimiento y sensibilidad de los que dirigen y planifican la formación profesional para el empleo en nuestro país en todos sus ámbitos territoriales y funcionales.

 

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