Formacion XXI. Revista de formacion y empleo

Formación XXI.

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Julio 13

Actitud emprendedora de los universitarios

Este trabajo analiza la importancia que el emprendimiento supone para el desarrollo de las sociedades. El estudio de las competencias que deben desarrollar nuestros estudiantes en todas las etapas del sistema educativo, y más concretamente en el universitario, se torna imprescindible en momentos de recesión como el que estamos atravesando.

Artículo realizado por:   Isabel Neira, Loreto Fernández, David Rodeiro y Marta Portela. Red de Investigación en Emprendimiento. RIER. Universidad de Santiago de Compostela. http://www.usc.es/gl/investigacion/proxectos/rier/index.html

Introducción

El espíritu emprendedor es uno de los principales motores de la innovación, la competitividad y el crecimiento de las economías. Por este motivo, en la actual situación de crisis económica, la creación y consolidación de nuevas empresas capaces de poner en marcha la economía global se ha convertido en uno de los mayores retos a los que se enfrentan las instituciones políticas.

De acuerdo con el Libro Verde de la Comisión Europea (2003), hay cuatro razones principales que justifican la importancia del espíritu emprendedor:

  • a) contribuye a la creación de empleo y el crecimiento;
  • b) es crucial para la competitividad;
  • c) desbloquea el potencial personal;
  • d) puede contribuir al desarrollo de la sociedad a través de la provisión de servicios.

El trabajo de Wennekers y Thurik (1999) presenta un modelo que relaciona emprendimiento y crecimiento económico:

Se trata, por tanto, de partir de decisiones individuales, motivadas en gran medida por aspectos psicológicos, que unidas a factores del entorno económico y de la cultura del país y/o la región en la que desarrollamos nuestra actividad, determinarán la propensión a emprender de la población. A estos aspectos hay que añadir las actitudes personales (las cuales pueden estar más o menos estimuladas por el entorno en el que nos encontramos) y las habilidades de las que disponemos (naturales y/o desarrolladas en el aprendizaje a lo largo de la vida). Todo ello determina en último término la creación de empresas y, por tanto, la competitividad de las economías en las que se instalan.

Los sistemas educativos son, en gran medida, responsables de desarrollar esas aptitudes y actitudes que, si bien en parte son innatas al individuo, también pueden ser aprendidas y entrenadas a lo largo del proceso formativo. En los sistemas educativos no universitarios se recogen competencias emprendedoras relacionadas con la autonomía e iniciativa personal. Como indica Marina (2010, pág. 59), en síntesis, «la autonomía y la iniciativa personal suponen ser capaz de imaginar, emprender, desarrollar y evaluar acciones o proyectos individuales o colectivos con creatividad, confianza, responsabilidad y sentido crítico» . Todas las comunidades autónomas disponen de programas, en muchos casos de tipo piloto, para acercar esta competencia a las aulas de primaria y secundaria. Sin embargo, los recortes educativos, la falta de una planificación clara y coordinada, y finalmente la delegación de las competencias educativas en cada comunidad, hacen que quede a criterio de cada una y de sus presupuestos el alcance de las medidas propuestas, presentando un panorama variopinto a lo largo del territorio dependiendo de la comunidad en la que nos encontremos.

Las universidades no han sido ajenas a este proceso. El análisis de las competencias emprendedoras en los titulados universitarios se convierte en los últimos años en un tema de gran relevancia en la literatura sobre emprendimiento (Neira et al., 2013). Así, los sistemas universitarios se han centrado en los últimos años en el emprendimiento ligado a sus grupos de investigación y departamentos, desarrollando así sistemas de transferencia de tecnología y ecosistemas de innovación ligados principalmente a la creación y apoyo de las spin-offs universitarias. Sin embargo, el fomento de las competencias emprendedoras entre los universitarios es todavía una cuestión bastante marginal. Las iniciativas ligadas a las leyes de emprendimiento recogen en sus capítulos preliminares la necesidad de fomentar estas competencias, sin que ello redunde en programas específicos o en sistemas que articulen el modo de fomentar estas actitudes entre los estudiantes universitarios.

Para tratar de clarificar este aspecto, y en línea con la literatura sobre el tema, Neira et al . (2013) llevan a cabo un análisis de la actitud emprendedora de los estudiantes de Economía y Administración y Dirección de Empresas (ADE) del Sistema Universitario de Galicia (SUG), con el objetivo de clarificar los aspectos más relevantes a tratar sobre el tema.

Los resultados del estudio confirman en gran medida los obtenidos por la literatura. A la pregunta de cómo piensa que será su futuro, y utilizando una escala de Likert donde 1 es el valor para «ser trabajador por cuenta ajena» y 5 para «tener un negocio propio», alrededor del 30 % de los jóvenes (26 % para la mujeres y 36 % en el caso de los hombres) se ve con posibilidades de tener su propia empresa en un futuro, cifras similares a los países de nuestro entorno, aunque muy alejadas del 50 % que presentan los estudiantes americanos.

Si profundizamos un poco más en este análisis, se observa que tan sólo un 12 % se manifiesta como completamente contrario a realizar a lo largo de su vida una iniciativa emprendedora. Además, debemos destacar que, pese a encontrarse en el primer año de sus estudios, ya existe un pequeño pero significativo porcentaje de alumnos que está desarrollando iniciativas o tiene intención de hacerlo en el futuro.

Las cifras anteriores indican que existe un conjunto de jóvenes con potencial emprendedor. Por tanto, es necesario apoyar y canalizar sus aptitudes y actitudes para lograr aumentar la tasa de jóvenes que finalmente se deciden a desarrollar sus propios proyectos.

En el análisis de las medidas que las universidades deberían tomar o reforzar para fomentar el emprendimiento, los estudiantes valoran de modo muy positivo la mayor parte de las propuestas, siendo la más apreciada la posibilidad de ponerse en contacto con otros emprendedores. Esto muestra claramente que los jóvenes son conscientes de la importancia de complementar su formación académica con el desarrollo de competencias y entrenamiento de habilidades propias de actitudes emprendedoras, no sólo por explorar su potencial como promotores de futuras empresas sino también por la importancia que estos aspectos tienen hoy en día dentro del mundo empresarial, en el que cada vez más los empleadores valoran esta formación a la hora de contratar a los futuros profesionales.

Por otra parte, se ha demostrado empíricamente que los factores culturales, y en especial los relacionados con la aversión al riesgo, condicionan en gran medida el emprendimiento. Así, el informe GEM (2012) señala que, analizando estos factores de modo comparativo con Europa, la aversión al riesgo es, tanto en Galicia como en España, una de las más elevadas de Europa. Esta actitud viene además reforzada por la percepción de oportunidades, ya que esta cifra apenas ha logrado superar el 35 % en Galicia en los años de mayor expansión económica. Existen, por tanto, factores sociales y culturales que condicionan la percepción de la población. Los estudios empíricos han demostrado que la educación y la formación contribuyen a crear una cultura emprendedora, empezando por las edades más tempranas y fomentando entre los alumnos las aptitudes y actitudes que constituyen la base del espíritu emprendedor: la creatividad, la iniciativa, la responsabilidad, la capacidad de afrontar riesgos y la autonomía personal (GEM-Galicia 2012).

Conclusiones

La cultura emprendedora comprende tanto elementos de aptitud como de actitud, y una política de fomento de dicha cultura debe desarrollar un entorno que fomente estos valores. Desde la infancia los sistemas educativos occidentales están orientados a lograr metas, a generar conocimientos, descuidando en gran medida los valores y las actitudes que los estudiantes desarrollarán en su vida adulta como ciudadanos y profesionales.

En todas las etapas educativas se premia la acumulación de conocimientos, arrastrando un sistema procedente de siglos pasados en los que el saber y lograr acaparar el mayor número de conocimientos de las distintas áreas que han sido definidas como básicas, ha sido el objetivo primordial. En nuestra opinión la educación debe ir más allá. Tal y como señala Marina (2010): «El conjunto de las competencias sólo tiene sentido si se incluye dentro de un proyecto ético bien definido. No estamos sólo educando en competencias; estamos formando ciudadanos. No estamos enseñando destrezas, sino ayudando a formar personalidades creadoras y buenas. Por eso, creo que el modelo educativo que mejor recoge estas aspiraciones, y puede aprovechar además una rica tradición pedagógica, es el que considera que la educación debe regirse por una sencilla fórmula: educación = instrucción + formación del carácter». Si olvidamos la segunda parte, no tendremos un sistema educativo de calidad que nos permita lograr el necesario desarrollo que parece que cada vez más se aleja en los últimos años.

La educación se sustenta en tres pilares fundamentales: el estudiante (individuo), la familia (sociedad) y el colegio/Universidad (docentes). Si centramos los cambios tan sólo en el tipo de conocimientos que deben acreditar los primeros, ya sea en las enseñanzas básicas o en la Universidad, no seremos capaces de transformar la sociedad. Conseguiremos una sociedad más avanzada, con más capital social y más competitiva cuando comprendamos que uno de los elementos esenciales son los profesores y, por tanto, el apoyo, la valorización y la formación continua de estos es una cuestión vital. Por otra parte, transmitir a la sociedad (padres) que necesitamos jóvenes decididos, proactivos, creativos y, en definitiva, capaces de desarrollar proyectos personales y profesionales independientes es cada vez más una tarea urgente.

Bibliografía

  • GEM (2012): Informe global Entrepreneurship Monitor. Galicia.
  • Marina, A. (2010): «La competencia de emprender» . Revista de Educación , 351. Enero-abril 2010, pp. 49-71.
  • Neira, I.; Portela, M.; Maseda; Fernandez, L.; Rodeiro, D. (2013): «Actitud emprendedora: un enfoque a través de los jóvenes y el género» en A. López: Emprender: Una perspectiva de género, pp. 69-84.
  • Wennekers, S.; Thurik, R. (1999): «Linking Entrepreneurship and Economic Growth», Small Business Economics, Springer, vol. 13(1), pp. 27-55.

 

Referencias

  • MEC (2010): El fomento de la iniciativa emprendedora en el sistema educativo en España . Dirección General de Política de la Pequeña y Mediana Empresa. www.ipyme.org
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