Formacion XXI. Revista de formacion y empleo

Formación XXI.

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Abril 12

Las relaciones entre los sistemas formativos, el productivo y el social

El artículo presenta una reflexión sobre los mecanismos ideales y reales de los sistemas educativos en general y la universidad en particular, que favorecen o dificultan una formación del ser humano dirigida a promover un cambio social.

Artículo realizado por: María Delia Justiniano D. Doctora en Calidad Educativa. Universidad de Barcelona. Consultora para la IESALC-UNESCO.

En este contexto se exponen las variables más importantes que configuran la realidad compleja en la que vivimos, además caracterizada por una crisis estructural de ciclo largo que condicionan una nueva perspectiva laboral y una nueva configuración del sistema productivo. A partir de este encuadre, se puntualiza sobre la concepción de empleabilidad por ser la perspectiva que ha guiado en los últimos años el planteamiento de los programas formativos en el mundo occidental.

Sistemas

La relación entre los sistemas productivos y educativos

Los escenarios educativos deben activar nuevos mecanismos de funcionamiento en la medida en que las sociedades se transforman y evolucionan. Siguiendo a Wallerstein (2004), en la actualidad vivimos en un largo interludio que marca la transición entre un sistema-mundo a otro, ya desconocido. Esta transición conlleva una especie de escepticismo, no como postura intelectual de quien duda de que la razón sepa de veras algo y se mantiene airosamente irresoluto, sino como propensión psicológica contra dogmatismos doctrinales y hechizos raciocinadores (Morin, 2004). Esta postura está fundamentada por el mismo hecho de que frente a una realidad compleja unida a una crisis económica de ciclo largo, necesitamos que desde los sistemas se otorguen respuestas a esa múltiple relación de variables existentes en el contexto. La posición descrita nos permite aseverar que en este momento, más que en otros, el rol de la universidad no debería permanecer en el mismo sitio. Por consiguiente, existen nuevos retos que permiten hablar de nuevas racionalidades de gestión, de formación y, sobre todo, de concepción del ser humano y de los procesos educativos. Todo esto conforma, en palabras de Escotet (2004), una globalidad epistemológica a la que se ha venido llamando exposición del conocimiento y complejidad de relaciones.

Esta globalidad epistemológica exige que el modelo de producción/cuantitativa sea desplazado y sustituido por otro que permita satisfacer las necesidades contemporáneas de la sociedad, atendiendo a un desarrollo armónico y sostenible del ser humano.

Siguiendo a Arias (2007), a lo largo de los siglos XX y XXI el núcleo de la cuestión social para los gobiernos ha estado determinado por la relación con el sistema productivo. En consecuencia, los requerimientos de los sistemas educativos han ido respondiendo a las necesidades de los productivos (Castel, 1995). Por tanto, las nuevas políticas educativas provienen de los bloques con poder económico, y se puede decir que existe un capitalismo institucional donde las relaciones del sistema educativo son de producción y de consumo. Sin embargo, al llegar a este punto surgen las siguientes preguntas: ¿Es la educación un derecho o un producto? ¿Hay mercados para todas las cosas y las personas? ¿Promovemos una cultura del trabajo? Podríamos entonces explicar en esas consideraciones económicas la transformación del ser humano en un ser económico, en un ser útil al sistema económico, a un sistema capaz de generar percepciones de la vida y de los seres humanos a tono con el sistema de producción cuantitativa, manifestado en «su saber estar» dentro de esta ideología caracterizada por un humanismo soberbio.

Este escenario no es que ponga al margen al sistema productivo en esta dinámica de complejidad y crisis socioeconómica, todo lo contrario, vuelve nuevamente a considerarlo en un rol protagónico conjuntamente con la universidad:

  • Al sistema productivo por su incidencia directa en el crecimiento del contexto en el que existen, pero también por su rol en el desarrollo humano sostenible.
  • La universidad por su función teórica y muchas veces utópica de generar avances sociales, culturales, tecnológicos y aportar a la sociedad con un grupo de personas capacitadas y competentes para enfrentar y transformar esta realidad compleja.

De esta manera, el enfoque Investigación, Desarrollo e Innovación: I+D+I debería suponer el desarrollo de los pueblos mediante la relación entre Estado-Universidad-organización/industria/empresa (Alic & Others, 2003; OECD, 2004a; 2004b; UNESCO, 2005; LERU, 2005).

No obstante, el punto central de estos planteamientos es, sin duda, el ser humano, y de esta manera consideramos importante exponer algunos matices sobre la formación del ser humano en un sistema socioeconómico y cultural diferente al de épocas pasadas.

Reflexiones

Hacia una formación del ser humano: algunas reflexiones sobre los sistemas educativos

En un mundo con sobrepoblación, los primeros que empiezan a ser depreciados, obsoletos y excluidos, son aquellos a los que la democratización de la educación no ha llegado por razones histórico-económicas o a quienes, por una u otra razón, no son considerados parte de una mayoría con poder (pobres, inmigrantes, mujeres y discapacitados), para luego seguir con todo aquel que simplemente el mercado no sea capaz de absorber (Bauman, 2005).

Ante este torbellino de un modelo productivo/cuantitativo, donde se visualiza a los aprovechados y desechados, los incluidos y excluidos, de útiles e inútiles, el sistema educativo -y en concreto la Universidad- ha empezado a sentirse atrapada en el debate institucional y de organización curricular, en donde con frecuencia se plantean enfrentamientos como: descentralización versus centralización, público versus privado, izquierda versus derecha, planteamiento curricular por objetivos o por competencias o todo a la inversa. Al final, el debate termina siempre en lo mismo porque no existen cambios en la forma de hacer las cosas, no existe una readaptación del sistema a la complejidad del contexto, ni en la necesidad de atender a una realidad diversa, con personas con unas características afectivas y cognitivas diferentes a las de otras épocas.

Siguiendo a Arias (2007), es posible que la globalización de la educación esté enmarcada en una organización global, que no es la consecuencia de un proceso de transición único, homogéneo ni universal, sino, más bien, de tendencias significativas, relevantes y dominantes, pero complejas, no lineales, contingentes, contextuales, discontinuas y relativamente reversibles, que derivan, en cada caso, de una combinación de lo histórico y lo actual; de lo económico, lo político, lo legal, lo sociocultural y lo tecnológico.

Así, como todo gira en espiral, es de suponer que al margen o dentro del mercado, puede haber una ruptura que devuelva la conciencia, donde, ante todo, al ser útil, al ser productivo y al ser económico, le reconozcan sobre todo su naturaleza de ser humano, capaz de desarrollar una actitud social más solidaria y responsable consigo mismo y con el entorno sociocultural y por tanto laboral.

En este contexto se torna importante mencionar que existen planteamientos de la educación superior dirigidos a favorecer el desarrollo, la creatividad, la investigación, la cooperación, la democracia, la participación, el autodesarrollo, y también para los valores importantes, libertad de expresión y grupos, el derecho de todos y cada uno a la experiencia y la satisfacción de las necesidades esenciales y no esenciales que nos permiten dilucidar un enfoque diferente a los tradicionales y evidentemente aquí entramos en el marco de la formación por competencias. Sin embargo, este enfoque solo será posible llevarlo a la práctica en la medida en que la educación vuelva la mirada a la esencia de la formación: propiciar espacios organizativos capaces de condicionar una mirada hacia lo más profundo del ser humano (con los componentes afectivos y cognitivos que esto implica). A raíz de estas reflexiones mencionamos tres ideas básicas:

  • El problema no está en los planteamientos formativos y sus estilos, sino en la distorsión que puedan tener los sistemas a la hora de concebir a las personas de una sociedad, a la concepción muchas veces limitada de los procesos dialógicos que la Universidad debe tener frente al mundo laboral.
  • El planteamiento por competencias exige no solamente un cambio en la técnica, sino que implica un cambio en la gestión organizativa universitaria y la actitud de los gestores.
  • La contemporaneidad de la Universidad exige su globalización, el establecimiento de redes interuniversitarias que permitan establecer líneas y estructuras de acción a favor de un desarrollo humano sostenible.

A partir de un planteamiento centrado en la formación del ser humano y en los procesos de gestión organizativa universitaria y su conexión con el mundo sociolaboral, recién podemos vislumbrar un cambio social, mientras tanto solo estaremos arando en el mar.

Tranformación

De la transformación personal al cambio social

Tradicionalmente, la concepción de cambio social ha estado asentada en el cambio económico, productivo y de la gran organización social. Aunque no podemos esperar un cambio en la superestructura del sistema político social, tampoco podemos perder la esperanza de cambio en otras dimensiones.

Por lo tanto, la construcción del cambio actual debe generarse desde movimientos no alineados, con prácticas más micro y de carácter local, sin perder de vista la globalidad. Prácticas que nazcan, se construyan y se validen desde la necesidad de cada persona, de su relación con la naturaleza, de su relación de convivencia con una unidad de vida, de su relación de convivencia con una serie de unidades de vida y de su relación consigo mismo (Elias, 1990). Es decir, de los procesos que consoliden la autoafirmación de la persona en la sociedad.

En este sentido, se puede reconocer que la educación no puede por sí sola cambiar la sociedad, pero se debe otorgar a la educación el propósito de conseguir el cambio personal. Es decir, el aporte de la educación en la construcción del conocimiento individual puede tener como consecuencia transformaciones sociales en contextos específicos.

Al rescatar, la conciencia de que el objetivo máximo de la Universidad es producir pensamiento, y podemos esperar que sea un espacio de reflexión y de prácticas coherentes de denuncia, desde donde se construyan nuevos lenguajes, nuevas prácticas de autoridad y nuevas relaciones que, en el largo plazo, den sentido real a esa capacidad de transformación social que debe tener la educación. No obstante, será pertinente y prudente considerar que: «El camino no acaba cuando acaba el camino» (Malinosky).

En este camino inacabado evidentemente surgen algunas reconfiguraciones que es necesario considerarlas de manera urgente. A partir de un planteamiento centrado en la formación del ser humano y en los procesos de gestión organizativa universitaria y su conexión con el mundo sociolaboral, es necesario ingresar en el análisis del concepto de empleabilidad como una de las perspectivas que mayor fuerza ha tenido en los últimos años en el contexto educativo norteamericano y europeo a la hora de plantear la formación.

Empleabilidad

La empleabilidad en un contexto de complejidad y crisis estructural

El marco de complejidad y crisis estructural nuevamente vuelve a generar un espacio mundial de profundas transformaciones que una vez más marcan cambios en nuestras formas de pensar, de relacionamientos y de entendimiento del mundo. Por tanto, la racionalidad del trabajo vuelve a transformarse. Si bien el concepto de empleabilidad fue introducido en la educación a partir del movimiento denominado career education, generado en la década de los setenta y ochenta como consecuencia de la vinculación entre educación e inserción laboral, influenciada por las teorías de capital humano y competencias por puesto de trabajo, en la actualidad esta idea anglosajona requiere reubicar su concepción de la formación para el trabajo. El concepto de empleabilidad surgió en los momentos en los que existió un crecimiento cuantitativo del mundo laboral, cuando las transnacionales empezaron a tener un rol protagónico en el mundo y, por tanto, se necesitaba contar con una generación de personas cualificadas capaces de entrar en el mercado competitivo y vertiginoso. En la actualidad, el mundo laboral está enfrentando una de sus peores crisis y esto condiciona el empleo cualificado precario, incierto, sumado al hecho de que los Estados no están pudiendo responder a través de sus políticas públicas con la función socioeconómica del empleo. En este contexto, los planteamientos desde el concepto de empleabilidad donde se vislumbran la capacidad de los egresados de conseguir un empleo y además adquirir un nuevo empleo cuando sea necesario, son premisas que empiezan a alejarse de la realidad.

En este sentido, ni la naturaleza del concepto de empleabilidad, ni su análisis desde las organizaciones, ni desde las corrientes economicistas pueden tener el mismo sentido. Por tanto, la educación nuevamente debe generar conocimientos en este ámbito, es decir, debe nuevamente cambiar su racionalidad y configurar nuevas concepciones. Al llegar a este punto es necesario reflexionar sobre las siguientes cuestiones:

  • El concepto de empleabilidad requiere ser adaptado considerando la transformación personal que debe generar la educación y su impacto en el contexto socioeconómico.
  • El análisis sobre la educación para el trabajo incluye al Estado, los sistemas educativos y empleadoras y trabajadores. Por tanto, es necesario impulsar la vinculación estrecha entre estas instancias.
  • El sistema educativo debe desde sus estructuras establecer canales de evaluación de la formación desde modelos extrínsecos de la educación. De esta manera se estará estableciendo un proceso dialógico entre la formación y los mercados de trabajo.

Es evidente que la transformación educativa que necesitamos requiere un cambio fundamental en los planteamientos. Aunque los cambios pueden ser graduales, en su conjunto están llegando a un momento insostenible en el que la transformación tiene lugar o no existe la posibilidad de dar respuesta desde la educación al mismo sistema. Es necesario considerar que la educación tiene mucho que decir al mundo y hay que cambiar la filosofía contemporánea donde el sistema productivo dirige al sistema educativo y pensar en que esta racionalidad se puede dar al revés.

Conclusiones

A partir de los aspectos analizados en los anteriores párrafos, a continuación presentamos algunas conclusiones en las que puntualizamos sobre algunas cuestiones claves:

  • Los sistemas educativos deben considerar enfoques de calidad desde una perspectiva extrínseca y deben asumir como válido el enfoque de la transformación y el valor añadido de la educación. Dicho valor añadido se entiende como los diferenciales de grado de desarrollo intelectual, afectivo, personal y social de los estudiantes alcanzado desde los inicios de su formación hasta la finalización de los estudios. Así como de los profesores (tanto desde la dimensión pedagógica como académica y de productividad científica).
  • Los fundamentos de la formación superior deben reconsiderar su planteamiento e interacción entre aspectos epistemológico, axiológico, psicopedagógico y teleológico.
  • El planteamiento productivo/cuantitativo requiere ser complementado con una nueva mirada humanística que permita contar con sociedades adaptadas a las necesidades de crear mayor calidad de vida en los seres humanos y promover una real política del bienestar.
  • El planteamiento de una Universidad que active una visión y acción globalizada exige el establecimiento de redes y debe ser impulsada por entornos recurrentes y emergentes, es decir, por procesos dialógicos entre la Universidad y su sociedad.
  • Todo análisis de los sistemas educativos no puede permanecer disociado de una mirada a la realidad socioeconómica, pues esta nueva racionalidad exige mayor inversión humana y económica así como su supeditación a estos cambios sociales y económicos estructurales.

Bibliografía

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Referencias

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