Formacion XXI. Revista de formacion y empleo

Formación XXI.

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Julio 08

Orientación profesional

Por Soler Santaliestra , Universidad de Zaragoza - Facultad de Educación

El desempeño de la orientación profesional dirigida a la inserción laboral es un proceso que tiene lecturas muy diferentes según el paradigma desde el que se realicen. No es indiferente la posición epistemológica asumida por el orientador, quien deberá tenerla identificada para actuar de forma coherente con sus postulados.

Establecido este compromiso de asunción inequívoca de un paradigma, el orientador está científicamente legitimado para complementar la normatividad con aportaciones brindadas desde otras tesituras epistemológicas, siempre que sea consciente de ello y lo justifique en su quehacer profesional. En esta línea de defensa de la complementariedad paradigmática, este artículo plantea una breve reflexión sobre su necesidad y pertinencia en torno a tres elementos del proceso orientador -su destinatario, el mundo del trabajo y el propio orientador-, que se contemplan desde los paradigmas racionalista, interpretativo-simbólico y crítico.

Orientación profesional desde la complementariedad paradigmática

La revisión bibliográfica centrada en los dos conceptos básicos que titulan este monográfico -orientación e inserción laboral-, delimitada por los otros dos que contribuyen a concretarlo -estrategias y actores- y enfocada a identificar el estado de la cuestión, denota, como en otros ámbitos disciplinares, un desarrollo del conocimiento caracterizado por la falta de definición de la posición epistemológica desde la que se investiga el tema en cuestión. Se detecta un ejercicio de la indagación profundamente marcado por el eclecticismo, resultando de ello que se manejan conceptos, se evalúan procesos y productos, se formulan propuestas... que con lamentable frecuencia contienen serias contradicciones en sí mismas porque responden a concepciones de la orientación profesional claramente contrapuestas. Una tremenda consecuencia de esta falta de rigor epistemológico es desembocar en una teorización incoherente porque se desconoce de qué concepción de la realidad objeto de estudio se parte, qué lectura se hace de la misma, cuáles son los atributos que la caracterizan, qué factores la configuran... Tales imprecisiones suelen alimentar un caos terminológico que deviene en lenguaje vacío.

No es indiferente, en clave de orientación profesional y de la inserción laboral que con ella se pretenda, desde qué perspectiva paradigmática se investigue o se actúe profesionalmente. Las claves de ambas actividades residen en cómo se considere al empleado, desempleado, a quien se halla en proceso de mejora de empleo, tanto a título individual como grupal o de colectivo social; cómo se contemple el mundo del trabajo, el mercado laboral y su evolución y, finalmente, cómo se interprete el rol del orientador profesional que media entre las dos realidades anteriores, y cómo él mismo entienda su propia labor orientadora, su función mediadora, su concepción de la ayuda? (Sobrado Fernández, 2002; Pérez Boullosa y Blasco Calvo, 2003; Sebastián Ramos, 2003). Estas tres claves merecen, pues, una reflexión diferenciada y, posteriormente, la integración de los argumentos que se esgriman en un discurso de cierre que contrarreste el distingo previo que sólo obedece al criterio de articular el texto a efectos de su claridad expositiva.

Destinatario

El destinatario de la orientación profesional

En sentido estricto, ésta es la cuestión previa y nuclear de la orientación profesional y la inserción laboral: su destinatario, sea un demandante de empleo -de su primer empleo o no-, un trabajador en activo, un empleado en proceso de mejora de su empleo, de tránsito laboral?

Desde una perspectiva racionalista, la imagen de este destinatario se dibuja con tintes universalistas y homogeneizadores, diríase en términos de colectivo que agrupa a todas las personas que se encuentren en una misma situación ante el trabajo; todas ellas, mutatis mutandis, son similares, por no decir idénticas, entre sí. Sus diferencias se ciñen, en general, a meras cuestiones de grado, por lo que el orientador se centra en el grupo, en la categoría o segmento del que se trate, y recurre a analizar la realidad social en cuestión desde un enfoque cuantificador que capte esas cuestiones de grado (necesidades, motivaciones, capacidades...). Los componentes de tipo actitudinal, axiológico, ideológico? que anidan en el plano profundo, latente, cognitivo de los sujetos no son, en rigor, objetos de estudio desde la visión positivista, o lo son sólo en la medida en que pueden ser medibles y cuantificables, sin asumir, no obstante, el tremendo margen de error que esto conlleva (Popkewitz, 1988).

Esta perspectiva paradigmática ha sido y sigue siendo la predominante en la orientación, en cualquiera de sus modalidades, y su inicio puede concretarse en la obra de Parsons Choosing a vocation, publicada póstumamente en 1909, prototípica de su funcionalismo. Esta concepción del destinatario de la orientación apela a la psicometría, a una pléyade de pruebas psicotécnicas de aplicación colectiva que sólo proporcionan datos en un plano macro del segmento o grupo social que se aborde, y con el propósito de establecer estándares que están más próximos a la mera selección profesional que a la orientación. Esta forma de entender al destinatario de este servicio ha sido y es la predominante dentro del sistema educativo formal, reglado, y esto se asocia estrechamente al denominado modelo de servicios (Rodríguez Espinar, 1993; Rodríguez Moreno, 1998), que persevera como opción casi exclusiva para algunos orientadores. Por el contrario, en el mundo laboral se ha ido abandonando progresivamente esta imagen universal y estereotipada del trabajador o del demandante de empleo, aunque pueda hablarse de un rebrote de la misma vinculado a las dinámicas de la globalización.

Desde luego, esa percepción del destinatario de la orientación, del aspirante a la inserción laboral, no permite asumir los requisitos de la especificidad de cada contexto y de la individualidad, de la idiosincrasia del sujeto y de aquellas razones profundas que lo definen (valores, actitudes, intereses, lecturas ideológicas...). Todo esto exige ubicarse en una perspectiva hermenéutico-fenomenológica, que no contempla la realidad social como algo universal y homogéneo, formal y preexistente a las personas que en ella viven y actúan, sino como una construcción de ellas mismas y cuya comprensión sólo es posible indagando en la intrínseca dimensión subjetiva de los sujetos (Berger y Luckmann, 1968; Schutz, 1972; Gadamer, 1977; Blumer, 1982). De éstos interesa descubrir su mundo interior en el que están instaladas las razones profundas antes sugeridas. Toda tarea orientadora debe llegar a este nivel de lo individual, porque las diferencias entre los sujetos no son sólo una mera cuestión de grado sino que se plasman en diversidad de cualidades no siempre factibles de cuantificación (Rodríguez Moreno, 2003).

En esta tesitura paradigmática no hay recetas, no hay modelos universales de aplicación generalista; los grupos o segmentos sociales de destinatarios de la orientación profesional son sólo una primera instancia en la prestación que siempre debe ajustarse a cada caso concreto, a cada circunstancia personal y profesional. Lo psicométrico tiene que concretarse con lo cualitativo que arroja la entrevista en profundidad, las historias de vida, el grupo de discusión? Ésta es la consideración del destinatario y de la orientación que ya se ha instalado de lleno en el mundo laboral y en las agencias u organismos que desempeñan este servicio; la inserción laboral, en el primer empleo o en el tránsito profesional, reclama esta ayuda personalizada y con carácter procesual, la única capaz de captar en todo su dinamismo la trayectoria laboral de los destinatarios: sus cambiantes necesidades e intereses, percepción de la realidad, autoimagen, jerarquía de valores... Tampoco las competencias profesionales son algo estático, ni pueden contemplarse al margen de todos los demás componentes del perfil personal-profesional del destinatario de la orientación.

Pero toda persona en situación de búsqueda o de mejora de empleo está sometida a los condicionantes ideológicos emanados del poder político, económico... que pretenden imponerle una interesada lectura del mundo del trabajo, unas necesidades como ciudadano, una determinada valoración de la formación continua, una concepción del ocio... Se ha dicho hasta la saciedad que estamos inmersos en la tiranía del neoliberalismo, como ideología dominante, y su presión ideológica se ve facilitada en sus efectos por el culto al individualismo, debilitador de la articulación del tejido social que deviene así más cómodamente conformista y acrítico (Mulhall y Swift, 1996; Rubio Carracedo, 1996). Es decir, los grupos y los individuos, dentro y fuera del mercado laboral, no son totalmente libres en su particular construcción de la realidad, sino que están muy mediatizados por las presiones ideológicas que ejerce sobre ellos el poder, desde cualquiera de sus formas o plasmaciones. Esto requiere adoptar una perspectiva paradigmática crítica que nos alerte sobre el influjo de las fuerzas extraorganizativas (Williams, 1980; Fay, 1987; Popkewitz, 1988) que moldean sutilmente los intereses de los trabajadores, su interpretación de los derechos y deberes laborales, sus expectativas de mejora de empleo, el valor concedido a la formación continua...

Mediante las herramientas heurísticas proporcionadas por la tradición del pensamiento crítico se debe afrontar la amalgama de recetas, eslóganes, mitos, falacias... que los ciudadanos, trabajadores en activo o no, portamos inconscientemente, hasta el extremo de coincidir con la lectura de la realidad social predeterminada como pensamiento único. Podemos estar manipulados por problemas de falsa conciencia que nos lleven a defender posiciones relativas al trabajo y al tránsito laboral que, en sentido estricto, no son nuestras, no responden a un criterio personal, sino que nos las han colado de rondón desde las instancias del poder, en cualquiera de sus manifestaciones; la ideología hegemónica nos intentar manejar por esta vía tan sutil de conducirnos a asumir sus tesis, a opinar tal como se considera pertinente hacerlo, a expresarnos con el lenguaje instaurado como legítimo, a despreciar cualquier otro, incluso a sentir y desear lo que el poder quiere que sintamos y deseemos, claro y fatal indicio de estar completamente dominados (Lukes, 1985; Clegg, 1989).

Todo proceso de orientación e inserción laboral, máxime cuando se centra en destinatarios especialmente vulnerables -en función de su nivel de formación, extracción social, trayectoria personal-laboral...-, debe responder a esta exigencia crítica. Sólo si los destinatarios, cada destinatario, toma conciencia crítica de su realidad personal-laboral y se compromete, con la ayuda del orientador, a avanzar en su emancipación o liberación de las formas ideológicas dominantes podrá tomar decisiones con niveles de libertad, de autonomía, siendo en todo lo posible dueño de su circunstancia, en un sentido orteguiano, cognitivo, con todo el derecho y el riesgo a equivocarse y con toda la esperanza de éxito profesional logrado como fruto de una opción personal y libre.

Ciertamente, en momentos de tiranía neoliberal, de economía globalizada y, en el peor de los casos, de descenso del empleo, el discurso crítico que se esgrime está sometido a acusaciones de utopía, e incluso por parte de los teóricos críticos se defiende como un lenguaje de posibilidad al que no debemos renunciar en nuestra resistencia contrahegemónica y transformadora de la sociedad (Giroux, 1989) y, en particular, de las relaciones laborales que en ella acontecen. De hecho, el sindicalismo nació y se desarrolló con esta encomienda, coincidente con el pensamiento neomarxista que está en la base de la tradición intelectual crítica. Sea un titulado en ingeniería, o en un grado medio o superior de formación profesional, o un desempleado carente de cualificación específica o acreditable, en un proceso de inserción laboral debe tomar conciencia de si su visión del mercado laboral, del porqué y del para qué del trabajo que pretende, de la valoración de posibles alternativas... es realmente una construcción personal, consciente y libre, objetiva, o por el contrario obedece a modas o tendencias al uso, o dictámenes publicitarios, a necesidades impuestas, a intereses espurios... Evidentemente, la decisión que al final se toma puede estar más o menos predeterminada por imponderables, e incluso puede venir impuesta por el inapelable primum vivere que en momentos duros impide el deinde philosophare, pero toda reflexión crítica contribuirá, cuando menos, a ser consciente de que se ha debido optar por una decisión porque no había otra opción o porque, habiéndola, no era asumible, de modo que se actúe no ya con un irracional conformismo sino con conciencia personal de no haber sido suficientemente libre para decidir y con el reto consiguiente de poder serlo en otro momento.

Pues bien, reseñadas estas tres posibles perspectivas teórico-científicas desde las que se puede considerar la figura del destinatario de la orientación e inserción laboral, procede recordar que no es indiferente en cuál de ellas nos situemos como investigadores o como orientadores y que, asumida una de ellas como plataforma paradigmática de referencia, estamos legitimados a complementar sus postulados, sus teorías y modelos, con los que puedan brindarnos las otras dos, siempre que en esta complementariedad paradigmática mantengamos la coherencia con nuestra perspectiva básica de referencia (Lakatos, 1978; Cook y Reichardt, 1986; Popkewitz, 1988). Así, por ejemplo, las contribuciones desde el plano macro de la perspectiva racionalista pueden ser de gran utilidad en las primeras tareas de detección de necesidades en un colectivo o segmento sociolaboral para después penetrar en el plano micro desde las herramientas heurísticas ofrecidas por las otras dos perspectivas de análisis. A su vez, las claves interpretativo-simbólicas no agotan o no son autosuficientes en la labor de comprensión de escenarios sociales o circunstancias personales, porque el peso de las políticas y prácticas sociolaborales, de las estructuras institucionales, de las corrientes ideológicas en curso... marcan su inexorable contrapunto en la definición de los contextos, de las circunstancias personales, del ethos sociolaboral. Y, por supuesto, podría aplicarse la argumentación en viceversa para demostrar que tampoco la perspectiva crítica es autosuficiente a estos efectos.

Mercado laboral

El mundo del trabajo, el mercado laboral

El mismo ejercicio intelectual practicado en el apartado anterior tiene sentido o es pertinente en el que ahora se inicia; ya se ha adelantado que este fraccionamiento sólo responde a criterios expositivos. Así, el mundo del trabajo puede ser contemplado desde una perspectiva racionalista (Bolman y Deal, 1984; Morgan 1990), de esencia homogeneizadora y universalista, que capta esa realidad por la vía fundamental de la cuantificación, sea del binomio oferta-demanda, de los perfiles profesionales, de las competencias, de la experiencia? La globalización de la economía y de los mercados ha reforzado esta lectura macro del mercado laboral al que a duras penas pueden sustraerse las realidades locales constituidas por pequeñas empresas, servicios o instituciones. El fenómeno de la deslocalización que sufren grandes empresas ejemplifica muy bien el alcance de esa macropolítica industrial, económica y financiera que se rige por el dictado de las estadísticas de producción y ventas, de plantillas categorizadas hasta el límite...

El obrero como apéndice de la máquina en el taylorismo, las falacias del movimiento de las relaciones humanas en la empresa, los inventarios de intereses o motivaciones del trabajador, la ley de hierro de la burocracia, la selección profesional de inspiración funcionalista-parsoniana- son algunos de los posibles descriptores de esta visión racionalista del mundo del trabajo desde la que se desatiende peligrosamente lo idiosincrásico, lo local, la especificidad de los contextos. Por el contrario, se vierte una imagen de la realidad laboral en la que todo está meticulosamente protocolizado, responde a principios generales inalterables en la gestión y en la producción, ajenos a la excepción o la flexibilidad. La inserción laboral es, metafóricamente, el resultado de ajustar una pieza mecánicamente, bien calibrada, en ajuste perfecto con las características del espacio o hueco en el que debe acomodarse o instalarse. Esa pieza, ese recurso humano sólo tiene esa aplicación, está diseñado para esa única función, posiblemente sin versatilidad alguna, y deberá desempeñarla sin mediar ninguna iniciativa personal, aunque el trabajador acabe en la más absoluta alienación.

La uniformidad del mercado laboral visto desde la perspectiva racionalista ha recibido, pese a la fuerza de sus postulados, contundentes críticas por su incompatibilidad con las medidas que el empleo requiere en momentos de permanente cambio tecnológico, que reclama a su vez versatilidad en los perfiles profesionales, sobre todo cuando se trata de trabajadores de media y alta cualificación. En tales casos, la inserción laboral del primer empleo puede descansar en la formación acreditada por el sistema educativo, pero las empresas invierten recursos en la recualificación de estos técnicos para configurarlos de tal modo que tengan un ajuste perfecto en su esquema productivo. Y esta formación continua se repite tantas veces como sea necesario en función de la evolución de los sistemas tecnológicos de producción. La concepción de la empresa como sistema sociotécnico (Bolman y Deal, 1984; Morgan, 1990), que sí se incluye en el marco teórico de la perspectiva racionalista, denota la creciente tiranía del componente tecnológico, revitalizado en su alcance por los permanentes cambios en el mismo; las tecnologías de producción vienen a ser las modernas jaulas de hierro de las organizaciones empresariales, burocratizadas o no, aunque en cierto modo el imperativo tecnológico opera como los estrictos e impersonales códigos de normas que caracterizaba el modelo weberiano de organización burocrática. Cabría incluso preguntarse si las tan celebradas adhocracias (Mintzberg, 1984) no son, en mayor o menor grado, pequeñas burocracias en permanente mutación como consecuencia de los cambios tecnológicos, pero igualmente férreas en el modus operandi durante los periodos de interregno.

La gran aportación de la perspectiva interpretativo-simbólica al análisis del mundo del trabajo es la consideración del mismo como construcción social que hacen los integrantes de ese componente humano de la empresa (Putnam y Pacanowski, 1983; Bolman y Deal, 1984; Morgan, 1990); sus trabajadores son los constructores de esa realidad social, de la cultura que la caracteriza, y de esta forma la hacen singular, cual antítesis de la uniformidad pregonada por el enfoque racionalista. Este último incluye entre sus presupuestos teóricos la contingencia, es decir, reconoce el valor de la circunstancia, del momento, del componente personal, pero de forma acorde con sus premisas epistemológicas asume estas facetas de la realidad a título de variables de los procesos organizativos, junto a otras tales como los objetivos, la estructura, la tecnología, las relaciones con el medio o entorno? Sin embargo, el enfoque interpretativo-simbólico hace de esta construcción social la quintaesencia de la organización, es o constituye tal realidad social, sin negar que en esa cultura pueden coexistir diferentes subculturas, más o menos cohesionadas. Éste es el epítome de la empresa y en él hay que centrarse para comprenderla a fondo, para detectar sus necesidades, para planificar la orientación profesional -que ya no puede proceder siguiendo estándares o protocolos preestablecidos-, para adecuar la inserción laboral, para programar la formación continua... El componente tecnológico no se desdeña, por supuesto, sino que se integra en el mundo de interacciones personales que cotidianamente definen y redefinen el ethos de la organización empresarial; la tecnología es un mediador de las relaciones interpersonales que es fagocitado por éstas a título simbólico, resultando ser así un generador de interpretaciones del escenario laboral, de actitudes hacia el mismo, de mitificaciones, de rituales... de consensos, en definitiva, sobre la lectura del propio contexto de trabajo.

Desde esta tesitura simbólica, el mundo del trabajo está subdividido o diferenciado en organizaciones concretas, en empresas singulares, en escenarios laborales que tienen su impronta; el mundo del trabajo existe como integración o resultante de un gran número de submundos idiosincrásicos del trabajo, esto es, todas y cada una de las organizaciones empresariales, e incluso de cada una de sus diferentes sedes o emplazamientos. Todo discurso generalista o uniformizador es poco relevante a los efectos de la orientación profesional y muy particularmente de la inserción laboral; se impone recurrir al hecho diferencial de cada escenario de trabajo. Incluso las más potentes y diseminadas empresas multinacionales optan por procesos de selección de personal de media y alta cualificación desde criterios de contextualización de sus recursos humanos, por lo menos inicialmente, en la primera fase de inserción laboral del trabajador. Otra cosa es que la formación que decidan darle para ponerlo en línea con su tecnología de producción siga un modelo estandarizado, prototípico de la empresa, y sus contenidos programáticos tengan también un diseño universal.

La teoría organizativa sobre el mundo empresarial ha resaltado este componente cultural como elemento diferenciador de los escenarios laborales: su esencia de construcciones sociales de quienes los integran ha añadido nuevos retos a la orientación profesional en el sentido antes señalado, y una de las competencias básicas que resulta duramente interpelada es la de analizar contextos, culturas, y crear respuestas a los mismos suficientemente versátiles. El límite a esta exigencia cultural lo impone, sin embargo, la propia realidad empresarial por estar sometida a una superestructura socioeconómica, allende fronteras, que responde a las claves ideológicas dominantes, hegemónicas. Éstas constituyen un común denominador del mundo del trabajo y, grosso modo, ejercen su presión homogeneizadora sobre todas las organizaciones (Deetz y Kersten, 1983; Apel y Dussel, 2005). Existe un amplio consenso en considerar el neoliberalismo como la ideología dominante en la definición de modelos sociales, económicos, de mercado... aunque cabría desmenuzar el concepto de neoliberalismo para diferenciar posiciones dentro de ese liberalismo calificado con el prefijo neo , aunque este ejercicio intelectual, ciertamente apasionante, no puede ser abordado con el necesario rigor en la forzosa brevedad de este ensayo.

La perspectiva teórica crítica es, pues, necesaria como complemento al discurso interpretativo-simbólico: la construcción social de todo ethos laboral no es totalmente libre para quienes están llamados a realizarla, sino que está profundamente mediatizada por esos filtros ideológicos (Benson, 1983; Fay, 1987; Alvesson y Willmott, 1992). La cultura idiosincrásica de cada centro laboral tiene, en consecuencia, muchos componentes comunes con los demás, en momentos de bonanza económica y en los de crisis, con uno u otro equipo directivo, en cualquier punto de la geografía nacional o en ubicaciones multinacionales? El fenómeno de la deslocalización se apoya en el universo simbólico creado por los esquemas económicos neoliberales que facilitan y legitiman los traslados de las empresas; ni siquiera las fronteras estatales, ni las diferencias socioculturales, ni las distancias... nada es un obstáculo cuando los universales económicos del neoliberalismo se constituyen en doctrina general, de poder omnímodo, en salvoconducto internacional más poderoso que los propios Estados a los que coloniza.

Esta lectura del mundo del trabajo es obligada, no puede obviarse so pretexto de que en el mismo sólo cuentan los recursos humanos y materiales neutralmente considerados; no cabe una visión meramente técnica de esta realidad como negación de sus dimensiones político-ideológicas. Estas últimas tienden al control -a veces con la excusa de la calidad, que en el fondo no preocupa demasiado- y a la dominación material e ideológica, y por ello soportan mal la diferencia, la especificidad, que siempre dificultan las prácticas controladoras. Las formas ideológicas imperantes transmiten y legitiman tópicos sobre las profesiones y los profesionales, los puestos de trabajo... promueven la identificación de empleo y trabajo, la linealidad entre formación y empleo, la concepción de la actividad humana como mera tarea más que como trabajo... y todas estas lecturas ideológicas proyectan una panorámica del mundo laboral profundamente distorsionada y manipuladora que dificulta en exceso la labor del orientador profesional porque ocultan la auténtica realidad sociolaboral.

En consecuencia, los procesos de orientación profesional y de inserción laboral deben partir de un análisis del mundo del trabajo que, situado paradigmáticamente en una de estas tres perspectivas teóricas, complemente su bagaje con las contribuciones que resulten necesarias de las otras dos. La enorme complejidad de esa realidad laboral, sociolaboral en sentido estricto, requiere este esfuerzo de complementariedad de postulados epistemológicos. Optar por estudiarla en clave racionalista, exclusivamente, supondría renunciar a la significatividad de lo cultural-contextual inherente a todo escenario laboral, y además se obviarían los referentes ideológicos que son de obligada consideración para comprender a fondo la especificidad del ethos y, a la vez, su tributo a las fuerzas extraorganizativas que lo mediatizan. No es prudente, pues, limitarse al proceder parsoniano de identificar los agujeros redondos que deberán ser rellenados con clavijas redondas, según el consabido símil del ajuste entre el trabajador y el puesto de trabajo en estricta clave de selección profesional; esta cosificación de los puestos de trabajo es en sí misma empobrecedora y renuncia a la multitud de matices que los configuran si se analizan desde las otras dos perspectivas. Evidentemente, tampoco las interpretaciones simbólica y crítica son, cada cual y conjuntamente, autosuficientes, porque lo cierto es que el mundo laboral tiene un número de agujeros perfectamente cuantificable, con unas necesidades laborales factibles de riguroso inventario, que demandan clavijas determinadas...

Especialista

El especialista en orientación profesional

Éste es el hermeneuta fundamental, él es quien hace una de las posibles lecturas de la persona del trabajador o del demandante de empleo o del que está en tránsito laboral, y del mundo del trabajo. Su adscripción paradigmática, su asunción o rechazo de la complementariedad epistemológica, tendrá las lógicas implicaciones para su práctica profesional.

Este proceso de ayuda que es la orientación podrá seguir derroteros generalistas, patrones estandarizados, protocolos universales... sin descender a lo diferencial de los orientados y de un escenario laboral determinado, o sin asumir los imperativos de la superestructura, o por el contrario, podrá integrar todas estas claves heurísticas para ajustar al máximo su consejo orientador, su prestación de ayuda. Desde luego, como técnico tendrá que situarse claramente en una opción paradigmática, que le proporcionará el corpus teórico de referencia, con sus teorías, modelos, estrategias, técnicas... Es decir, la normatividad científica y el conocimiento tecnológico necesarios para el ejercicio de su labor y, simultáneamente, le aportará una particular concepción de la realidad que es su objeto de estudio, esto es, el hombre y el trabajo, el ser humano y el mundo laboral. La perspectiva teórica que el orientador asuma marcará las coordenadas entre las que desempeñará su función, definirá su rol, delimitará su visión de la realidad, guiará su relación de ayuda con los destinatarios de la misma... (Rodríguez Moreno, 2003; Sánchez, 2004). Por lo tanto, no es una cuestión baladí que la adscripción paradigmática del orientador esté bien identificada por éste, que sea muy consciente de ella, que proceda de forma coherente con sus postulados y con el rigor que exija su normativa; la socialización del profesional o del investigador en un determinado paradigma de la Ciencia es uno de los presupuestos que subyacen en la concepción kuhniana del término (Kuhn, 1981).

El buen hacer del orientador descansa, entre otras razones, en su coherencia con la opción paradigmática asumida; esto es un compromiso ineludible para todo profesional, tan relevante que podría considerarse como el nudo gordiano de su competencia, de sus competencias profesionales. Garantizada esta exigencia epistemológica, el orientador está legitimado para recurrir puntualmente a la complementariedad paradigmática, siempre que lo haga a sabiendas, consciente de acercarse a otra óptica de la realidad diferente a la que declara seguir; sólo si se toma conciencia de ello es posible evitar los riesgos del incoherente eclecticismo.

Por otra parte, la gran complejidad del objeto de estudio para el orientador profesional justifica plenamente que se practique esta complementariedad paradigmática, y en su favor pueden aducirse muchos argumentos: sin negar la utilidad de las pruebas psicotécnicas bien validadas, los perfiles profesionales suelen demandar competencias, habilidades, valores... difícilmente evaluables por tales herramientas y, en su lugar, aconsejan el uso de técnicas cualitativas; aunque las competencias profesionales que se exijan estén claramente señaladas, la inserción laboral no puede obviar las claves culturales de cada puesto de trabajo; los procesos de transición laboral pueden resultar entorpecidos por distorsiones comunicativas que requieran un análisis crítico de los discursos; las preconcepciones laborales de los trabajadores o de quienes buscan empleo pueden acusar problemas de falsa conciencia que igualmente demanden una lectura crítica de las mismas; el posicionamiento crítico ante el mundo del trabajo necesita nutrirse de datos sobre el mismo, tanto de tipo cuantitativo como cualitativo; el análisis de necesidades en clave de orientación profesional en un determinado contexto sociolaboral nunca debe restringirse a los aspectos factibles de cuantificación, so pretexto de que los demás no sean relevantes;...

Como conclusión, pues, cabe reiterar que el desempeño de la orientación profesional como proceso de ayuda para la inserción laboral exige al orientador una inequívoca adscripción epistemológica que dirija sistemáticamente su quehacer ?su interpretación del trabajador, demandante de empleo o de mejora de empleo y del mundo laboral- a la vez que le proporcione criterios de calidad desde los que pueda evaluar su propia actuación. Satisfecha esta premisa, el recurso, consciente y justificado, a la complementariedad paradigmática está científicamente legitimado y, por otra parte, demandado sin paliativos por la inherente complejidad de la función orientadora ante una realidad tan compleja como la sociolaboral. El ejercicio de la orientación profesional acorde con estos postulados marcará la diferencia con prácticas orientadoras, lamentablemente muy extendidas que, refugiadas en el eclecticismo, combinan o mezclan peligrosamente lecturas contrapuestas de la realidad en un mismo e indiferenciado discurso que, en consecuencia, deviene confuso, salpicado de tópicos, vacío y en abierta contradicción con lo que se espera de un profesional de ayuda que, de esta guisa, acaba negándose a sí mismo.

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