Formacion XXI. Revista de formacion y empleo

Formación XXI.

05

enero 07

Apuntes para la comprensión y la prudencia

Por González Soto , URV. Tarragona

Es preciso ayudar a construir una ciudadanía respetuosa con la diferencia, aunque sin tendencia a la fragmentación (que se está dando) y al aislamiento; capaz de construir o asumir valores y proyectos comunes consensuados pero con márgenes para que los individuos tengan cabida en ellos como actores y no como meros receptores.

1. Definir para no confundir

De un modo general, podríamos partir de considerar que un ciudadano es un miembro de una comunidad que vive sus normas y participa de los derechos y los deberes que la definen. Como es lógico, es un concepto cambiante, tanto como las circunstancias históricas de cada comunidad. De este modo, en la Atenas clásica sólo eran ciudadanos los varones libres y con ciertos condicionantes económicos, y en la actualidad los hombres y las mujeres mayores de edad.

En su origen, el término nació unido al de ciudad, por cuanto ésta representaba la unidad política de una comunidad. Hoy, en cambio, suele ser el Estado la unidad política que determina una ciudadanía y el estatus político y jurídico que precisa las condiciones del hecho de ser ciudadano.

Esas condiciones suelen estar actualmente en las propias constituciones de los Estados, por más que el concepto no cuajara hasta la aparición de las revoluciones liberales de fines del siglo XVIII, que establecieron una especie de equiparación entre nacionalidad y ciudadanía, con un concepto a veces más territorial que individual o más de definición de colectividad política.

Y, quizá por ese origen, no resulta tan fácil trasladar el concepto a diferentes niveles. Pensamos, por ejemplo, en lo que está costando que se establezca el concepto de "ciudadanía europea", que, si bien está recogido en todos los tratados, como uso y práctica es algo incipiente y problemático muchas veces. Y es que falta conciencia de identidad, que es lo que debe caracterizar la esencia de la ciudadanía. Falta por muchas razones: sociales, económicas, jurídicas, políticas, intereses, etc.; y sobra institucionalización, esto es, procesos burocráticos.

El caso es que aún perdura un concepto de ciudadanía más basado en la exclusión que en la inclusión, es decir, más en definir quiénes NO SON ciudadanos que en establecer cómo SE PUEDE SER o SE ES.

Y si hay alguna duda, piénsese, por ejemplo, en el caso de Alemania, cuyo concepto de ciudadanía aún se basa en el "derecho de sangre". No es extraño, pues, que la realidad o el sentimiento de ciudadanía europea haya nacido sobre la base de la exclusión de los nacionales de terceros países, incluidos los que viven dentro de sus fronteras. Esto no deja de ser paradójico cuando se alimentan identidades internas que tienden más a recrear "paisajes" sociales que "pueblos".

En el número 26 de la Revista Iberoamericana de Educación (2001), Gabriela Fernández, en un artículo titulado «La ciudadanía en el marco de las políticas educativas», establece lo que denomina "contenidos asociados al concepto de ciudadanía en el marco de las políticas educativas", que podíamos sintetizar en los siguientes:

  • Conciencia de la incidencia de la acción individual en el colectivo y responsabilidad frente a las opciones adoptadas.
  • Capacidad de juicio crítico y de decisión informada.
  • Noción integral de la propia realidad y de otras realidades.
  • Interés y movilización por participar activamente en la búsqueda del bienestar personal y social.

Pero el caso es que en la realidad social, política y cultural de hoy el concepto de ciudadanía no es único ni definible desde una perspectiva jurídica, sino que incorpora, en proporciones variadas según los casos, componentes políticos, éticos, socioculturales, históricos y afectivos. De ahí que sea necesario contextualizar la definición de "ciudadano".

En ese problema inciden la globalización y la apertura de fronteras o lo contrario, de ahí que estén surgiendo identidades sociales supranacionales (latinoamericano, europeo, etc.) o infranacionales (galés, bretón, etc.). El problema sigue estando en la definición por negación o exclusión, esto es, establecida a partir de los excluidos, de los no ciudadanos; y en la permeabilidad cultural, en cierta ética comportamental y en los posos del contexto histórico de que se trate.

Porque hoy la ciudadanía como concepto y realidad abarca varias dimensiones, de carácter político, social, cívico, cultural, etc. que se han ido acumulando a lo largo de los tiempos, a la vez que se han asentado y han evolucionado el "Estado-nación" y la democracia.

Pero sigue siendo, como hemos dejado apuntado ya, un concepto en crisis, por decirlo de alguna manera, y paradójico, pues se estimulan posiciones restrictivas (reducir el concepto a situaciones afectivas territoriales como defensa ante las crisis sociales) y otras de ampliación del concepto ante la presión de otros, como los derechos universales o la globalización. Como ejemplo de esa bipolaridad podríamos citar el concepto de ciudadanía que se establece en el Tratado de la Unión Europea (Maastricht, 1993), que establece que son «ciudadanos europeos los nacionales de un Estado de la UE». Formalmente esa ciudadanía consiste en poder viajar, residir y trabajar en cualquier país de la UE, en el derecho a votar y a ser elegido en las elecciones europeas, y el de usar las instituciones de ese rango.

Por todo ello quizá haya que volver a ensalzar hoy la PRUDENCIA como referente vital necesario y que, desde el sentido aristotélico, hay que entender como ARTE DE ORIENTARSE EN LA HISTORIA, en este mundo definido ya por la COMPLEJIDAD, la COMPLICACIÓN, esto es, difícil de comprender.

Y es que el "universalismo" (proveniente del idealismo ilustrado) ha generado una visión individualista de los derechos y de las identidades, a la vez que una lógica que ha ido neutralizando la diversidad, la diferencia. Ambas cuestiones, como parece consecuente, han provocado una pugna entre la PLURALIDAD y la DIFERENCIA, ya que ha vaciado de contenido en la práctica ambos conceptos en aras de ese "igualitarismo universalizante".

La salida pudiera estar en cierta reconstrucción del concepto de ciudadano, como ser inmerso en sus raíces comunitarias a la vez que sujeto de múltiples identidades o, si se prefiere, como ser humano de "subjetividad plural". A la vez habría que preconizar que la ciudadanía tiene hoy también una conceptualización múltiple: jurídica, política y social. Sólo así se podría conjugar la fragmentación del concepto que se está viviendo con la universalización del mismo, y se podría tener una base sobre la que construir el entramado formativo que hoy se demanda.

2. Binomio formación-ciudadanía

Apuntes para el binomio formación-ciudadanía

El reto u objetivo que podría formularse inicialmente sería que es preciso ayudar a construir una ciudadanía respetuosa con la diferencia, aunque sin tendencia a la fragmentación (que se está dando) y al aislamiento; capaz de construir o asumir valores y proyectos comunes consensuados pero con márgenes para que los individuos tengan cabida en ellos como actores y no como meros receptores.

En este sentido que se enuncia, tiene significación la definición del Consejo de Europa, cuando preconiza que la educación para la ciudadanía concierne «al conjunto de prácticas y actividades diseñadas para ayudar a todas las personas" a participar activamente en la vida democrática, aceptando y practicando sus derechos y responsabilidades en la sociedad». Pero, eso sí, desde la participación, la responsabilidad, la no discriminación, la integración, la diversidad cultural y las diferencias individuales"

De este modo, si precisáramos el objetivo enunciado al inicio, podríamos decir que se pretendería construir «ciudadanos iguales en derechos y reconocidos en sus diferencias, que tienen capacidad y responsabilidad para participar activamente en el espacio público común» (Bolívar y Balaguer, 2005).

El problema estriba en la definición de los valores, actitudes y comportamientos en los que basar la consecución de ese objetivo; en cómo estructurar los centros y las aulas para que su marco ayude y no impida su consecución; en lograr que sea una tarea compartida y comunitaria, no solo escolar; en conciliar el pluralismo individual con la realidad multicultural identitaria y excluyente; en aprender a vivir juntos desde las diferencias, la autonomía, la tolerancia y la comprensión; en el establecimiento y el respeto de los marcos normativos convivenciales necesarios para que todo ello tenga cabida en la convivencia y en la propia vida de las personas, etc.

Y todo ello, porque, entre otras razones, existe un desfase entre una doctrina y muchas prácticas sociales de la denominada democracia. Por ejemplo, la resistencia de las instituciones políticas y de los partidos a legalizar y generalizar formas de participación política más ricas que las estrictamente electorales. Ciudadanía supone civismo y tolerancia en el espacio público; el derecho a la formación continuada implica el esfuerzo individual para asumirla; el derecho a la calidad de vida conlleva un conjunto de comportamientos para respetar el derecho de los demás; etc. Por otra parte, los territorios de nuestra vida social son hoy más complejos y difusos que en el pasado, como de alguna manera hemos querido dejar dicho y, además, somos múltiples en cuanto a identidades y pertenencias, y podemos entender mejor la diversidad de nuestra sociedad. En el territorio local vivimos también la globalidad.

Todo ello nos lleva a algunas consideraciones que pueden tener su importancia en la formación:

  • 1. La democracia necesita participación y, por lo mismo, ciudadanos activos.
  • 2. Hay que considerar la ciudadanía un proceso y no algo predefinible.
  • 3. Ese proceso debe potenciarse o facilitarse desde la formación (formal y no formal).
  • 4. Los contenidos de esa formación no pueden ser únicos, y han de ser responsabilidad de todos, no sólo de los políticos en el Gobierno o de la escuela.
  • 5. La falta de contenidos, su indefinición e incoherencia o su exigencia inflexible, actuarán de forma negativa en la formación ciudadana.
  • 6. Es preciso actuar formativamente sobre aquellos contenidos, valores y actitudes sobre los que exista fuerte consenso, y delimitar la función de cada uno de los agentes sociales en la formación ciudadana.
  • 7. A la vez hay que actuar sobre lo que podríamos denominar "déficit de socialización" con el que crecen nuestros jóvenes, esto es, sobre el peso y la importancia de la familia y la escuela como agentes socializadores y formadores.
  • 8. Es preciso volver a incorporar a la formación las dimensiones afectivas y éticas.

Estas reflexiones o consideraciones no nos deben hacer olvidar algunos problemas o circunstancias que complican hoy todo proceso de formación ciudadana. Algunos de ellos ya los hemos apuntado o se pueden extraer con facilidad de lo anotado hasta aquí, y otros que debieran considerarse podrían ser:

  • 1. Es difícil formar en algunos de los valores necesarios actualmente en medio de una sociedad como la que tenemos (por ejemplo, resulta difícil pensar en reforzar la solidaridad en medio del ambiente de competitividad existente).
  • 2. Hay que contar con una escuela no discriminatoria y respetuosa con las diferencias.
  • 3. Es preciso fomentar la participación desde la escuela y permitir la integración real de la comunidad educativa en la toma de decisiones.
  • 4. El marco escolar ha de ser innovador e independiente.
  • 5. Los docentes necesitan, aparte del amparo y el reconocimiento social, una formación acorde con las propuestas de esa formación que se pretende.

Entre los objetivos que deberían figurar en esa formación para la ciudadanía, nos atrevemos a anotar los siguientes:

  • 1. Lograr que todos cobren conciencia de la incidencia de la acción individual en el colectivo, y también de la responsabilidad ante las opciones adoptadas.
  • 2. Fomentar la capacidad de juicio crítico y de toma de decisiones sobre la base de la información.
  • 3. Incidir en la noción integral de cada realidad sociocultural y de las conexiones con otras realidades, y aun de la "integralidad" de esas realidades.
  • 4. Potenciar la participación activa en la búsqueda del bienestar personal y social, y concienciar sobre la relación entre lo personal y social en ese logro.
  • 5. Fomentar en todos los ciudadanos que una formación del tipo de la que estamos comentando aquí no puede conseguirse sólo desde el sistema formal de formación, sino que debe ser abordada desde la acción de todos los agentes sociales.

Como intentábamos dejar claro con el título, sólo tratamos de establecer algunos apuntes para la reflexión que ayuden a relacionar convenientemente el binomio formación-ciudadanía. Lo dicho no soluciona nada ni contempla el espectro del problema, pero esperemos que sirva para adentrarse en él, pues su importancia está fuera de toda duda.

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