Ciencia, tecnología e innovación: ¿armas para la igualdad?
Hoy en día ya no es discutible el hecho de que el valor principal de las sociedades es el conocimiento. De ahí el lugar común de que nos encontramos en la era del conocimiento, en la sociedad del conocimiento, o, todavía con más precisión, en la economía del conocimiento.
El paradigma fundamental es que la riqueza y el bienestar de los países o de las regiones ya no radica principalmente en las materias primas, o en el capital, o incluso en el mayor o menor coste de su mano de otra. Sino que fundamentalmente radica en lo que llamamos conocimiento , o sea, en el saber y en el saber hacer cosas . Hoy en día una sociedad que pretenda alcanzar cotas de bienestar económico y social debe dotarse de un sistema eficaz para obtener nuevos conocimientos. Pero no sólo esto, puesto que es imposible incluso en un país de los considerados como desarrollados disponer de la capacidad suficiente para generar todos los nuevos conocimientos necesarios, en cualquier campo del saber. Es por ello necesario, y quizá incluso más importante, sobre todo a nivel regional y local, adquirir también la suficiente capacidad para absorber y adaptar a las circunstancias, características y necesidades locales aquellos conocimientos que se generen en el exterior, en cualquier parte del mundo. Una de las características del conocimiento es que no está localizado, y en una parte significativa, se encuentra a libre disposición.
Pero además, para que este conocimiento pueda ser aprovechado para el progreso económico y social, debe de ser transformado en tecnologías, o sea, en habilidades para hacer cosas que sean aplicables a resolver problemas económicos, industriales o sociales, o a mejorar estas capacidades. Y todavía más, hay que disponer de la capacidad para que estas tecnologías nuevas o mejoradas, estas habilidades, lleguen a aplicarse, a estar en el mercado - entendido éste en su sentido más amplio-, a través del proceso denominado innovación.
La innovación tiene por objeto desarrollar productos, procesos o sistemas nuevos o mejorados e implantarlos en la práctica con posibilidades reales de éxito. Es lugar común que la innovación la lleva a cabo la empresa, pero hoy en día se reconoce que también la innovación se extiende a los servicios públicos - sanidad y educación, por ejemplo - y a la propia gestión de la administración. Y también al funcionamiento de los mecanismos de gobierno eminentemente políticos - lo que se conoce como gobernanza -; e incluso, en sentido muy amplio, al funcionamiento de las sociedades.
Conviene considerar todo este proceso, desde el conocimiento hasta la innovación, como un todo, como un conjunto de partes que deben funcionar simultáneamente y de forma armónica. Cierto es que la innovación más simple y de carácter puntual puede no requerir de aportes inmediatos de nuevos conocimientos. Pero es reconocido que la innovación permanente y avanzada que exige actualmente una sociedad para el adecuado progreso requiere de un suministro también permanente de nuevos saberes y de nuevas habilidades.
La información científica disponible sobre relación entre la ciencia -los nuevos conocimientos-, la innovación y la productividad y competitividad de las empresas es ya difícilmente cuestionable. Desde la referencia, notable, a los estudios de la OCDE de los años 90, hasta multitud de publicaciones, de muy diverso tipo, sobre productividad empresarial y economía de la innovación. Se ha publicado el dato de que en el conjunto de las economías desarrolladas, un aumento del 1% en el, gasto de I+D (investigación y desarrollo tecnológico) de las empresas genera una variación positiva del 0.13% de la productividad PTTF (variación agregada de los factores productivos), que constituye la mejor medida del progreso técnico. También, que un aumento similar del gasto ejecutado en los centros públicos de investigación da lugar a un crecimiento de la productividad del 0.17%. Naturalmente, estos parámetros no se cumplen individualmente en todos los países y regiones y, además, existen importantes valores umbrales críticos para el esfuerzo de I+D.
Estamos, pues, sin duda, en la era del conocimiento, de la tecnología. Parece que los resultados de la investigación científica y tecnológica pueden llevarnos a la solución, al menos parcial, de muchos de los problemas que durante milenios han azotado a la Humanidad, como son el hambre o la enfermedad. La biotecnología nos asombra diariamente con avances sofisticados en campos muy diversos, desde la producción de alimentos hasta la salud o los propios mecanismos de procreación. Nuestros conocimientos actuales sobre el funcionamiento de los sistemas naturales, a través de la ecología, nos hace capaces de planificar desarrollos económicos respetuosos con el medio ambiente.
Las TIC, tecnologías de la información y las comunicaciones, permiten una transmisión masiva e instantánea del conocimiento, una difusión de la información nunca imaginable hace muy pocos años, de forma que estos tiempos en que vivimos también se denominan frecuentemente como los de la sociedad de la información , denominación que, por cierto, de forma habitual se confunde con la de la sociedad del conocimiento . Esta sociedad de la información que es en gran parte causa, y también efecto, del proceso de globalización.
Y, sin embargo, a pesar del desarrollo económico cada vez mayor que se verifica en la mayor parte de las regiones del mundo, parece que los problemas ancestrales de desigualdad entre sociedades y países persisten, e incluso se incrementan. El informe de las Naciones Unidas sobre la Situación Social del Mundo correspondiente al año 2005 llega a la conclusión de que gran parte del mundo esta atrapado en lo que denomina el marasmo de la desigualdad. Se alerta sobe la persistente y cada vez más profunda desigualdad en todo el mundo: pese al considerable crecimiento económico de muchas regiones, el mundo es ahora más desigual que hace diez años. En el informe se insiste sobre la brecha enorme existente entre las economías estructuradas y las no estructuradas, la distancia cada vez mayor que se manifiesta entre los trabajadores cualificados y los no cualificados, la creciente disparidad en la salud, la educación y las oportunidades de participación social, económica y política. Apartándose de los criterios que destacaban el mero crecimiento económico como la panacea de los problemas de desarrollo, en el informe se señala que insistir en el crecimiento y la generación de ingresos no resuelve de forma eficaz el traspaso de la pobreza de una generación a otra; más bien puede llevar, y así ocurre en líneas generales, a la acumulación de riqueza por unos pocos y a condenar a una mayor pobreza a la mayoría.
Y no sólo estos efectos nefastos de la denominada globalización se refieren a desigualdades entre países o grandes áreas geográficas (el primer mundo frente al tercer mundo), sino que aparece un cuarto mundo en el seno de los países denominados desarrollados. Un cuarto mundo constituido por cada vez más amplias capas de la población que se van marginando, por razones culturales, educativas, de subempleo, entre otras, del progreso económico y social.
En conclusión, que la era del conocimiento y de la tecnología no ha sido suficientemente eficaz para resolver, o encaminar más positivamente, la solución al problema de la desigualdad. Tenemos, hoy en día, soluciones técnicas para casi cualquier problema, pero no las aplicamos de forma adecuada para el progreso real a nivel global.
Numerosas razones explican esta aparente paradoja. Existe una primera razón de carácter genérico, que se deduce fácilmente de la primera parte de este texto en la que se ha intentado describir la complejidad del proceso de transformación de nuevos conocimientos en innovaciones, o sea, en soluciones o mejoras de problemas. Esta razón se refiere a que el aprovechamiento, como recurso económico y social, del conocimiento es de una gran complejidad. Exige disponer de muchos elementos, que forman parte de lo que se conoce como Sistema de Innovación. Y, además, lo que es más complejo, de unas adecuadas relaciones entre dichos elementos del sistema.
Por una parte es necesario disponer de capacidades significativas de producción de nuevos conocimientos, o sea, de producción de ciencia . Esto se consigue fundamentalmente a través de estructuras ejecutoras de investigación científica y tecnológica, de I+D, y tanto a nivel público como privado. La investigación pública suele efectuarse en las universidades y en otras estructuras específicas diseñadas a tal fin (en España, por ejemplo, puede citarse el Consejo Superior de Investigaciones Científicas, CSIC, entre otros organismos públicos de investigación).
Como se ha dicho anteriormente, es también necesario absorber, asimilar y aprovechar muchos de los nuevos conocimientos obtenidos en otros lugares. Para ello es también fundamental disponer de un eficaz sistema de I+D, pero se requieren otras capacidades adicionales, entre las que cabe destacar la educación, la formación, la capacidad de aprendizaje, e incluso lo que se conoce hoy en día como capacidad emprendedora. Disponer de un buen sistema de I+D es difícil: requiere de una comunidad significativa, en cantidad y calidad, de personal investigador, cuya formación es muy larga y muy costosa; de recursos económicos y materiales importantes; y de un claro liderazgo público que señale metas y objetivos, que consiga los consensos sociales apropiados para que el saber fructifique adecuadamente y se transforme en innovación en beneficio de la comunidad. Obviamente no es fácil, para un país en vías de desarrollo, dotarse de un sistema eficaz de I+D en un plazo razonable. La denominada fuga de cerebros, de investigadores de países en desarrollo o menos avanzados, que se desplazan a otras países más desarrollados para ejercer su actividad, es un buen ejemplo de esta dificultad. Europa, y también España en particular, han sufrido tradicionalmente, en mayor o menor grado, este problema, generalmente en beneficio del sistema de I+D de los Estados Unidos de Norteamérica.
Todavía el problema es más complejo, puesto que el Sistema de Innovación requiere de otros elementos, entre los cuales cabe destacar la existencia de industrias, y de empresas en general, que demuestren dinamismo, actitud emprendedora, en definitiva actitud innovadora. Y requiere, también, de un sistema tecnológico (centros tecnológicos, parques tecnológicos y científicos, etc) que realice su actividad con mucha proximidad a la empresa y que sea también capaz de conectar la misma con la investigación pública. Y también hace un falta un mecanismo ágil de financiación de la innovación (capital riesgo, etc).
Los elementos no estrictamente del Sistema, pero sí fundamentales para que el mismo funcione adecuadamente, son muy numerosos y ya afectan a la globalidad de la administración y de la sociedad. Hace falta una administración pública dinámica, que fomente la innovación a todos los niveles y no ponga trabas, como sucede con frecuencia, a esta actividad; ello requiere de legislación apropiada. La educación a todos los niveles, universitaria, profesional, primaria o secundaria, es fundamental; sólo una sociedad bien formada y que, además, haya adquirido una capacidad adecuada de aprendizaje, podrá ser innovadora. Y para resumir, sólo citar que hace falta, además, una cultura de la innovación a nivel generalizado.
No es, pues, sorprendente, que sólo sociedades muy estructuradas a todos los niveles hayan sido capaces de dotarse de un Sistema de Innovación adecuado, útil para el desarrollo económico y social. Sólo las sociedades que tengan en cuenta esta complejidad y sepan manejarla serán capaces de adquirir ventajas competitivas en el futuro. Es muy comprensible, con este panorama, que el conocimiento y todo lo que ello implica esté muy concentrado en pocas áreas geográficas, y que se halla convertido en arma de desigualdad y no de igualdad y cohesión.
Conviene insistir en que es generalmente aceptado que el manejo de todo este complejo proceso de creación y manejo del conocimiento requiere de políticas y, específicamente, de políticas públicas intensas (políticas de I+D, de innovación; o de ciencia, tecnología e innovación). Así, no es de extrañar que, hoy en día, a nivel de Estados, de organizaciones supranacionales (la Unión Europea es un buen ejemplo), o incluso a nivel de entidades regionales o autonómicas, las políticas de ciencia, tecnología e innovación ocupen un lugar central en las agendas políticas. Pocos lugares pueden hoy identificarse en lo que esto no sea así.
La política europea sobre esta materia debe ser un referente fundamental. El Consejo Europeo, reunido en Lisboa en marzo de 2000, asumió este reto al proponer, para la Unión Europea, una nueva estrategia, con un horizonte de diez años, a fin de "convertir a la Unión en la economía basada en el conocimiento más competitiva y dinámica del mundo, capaz de crecer económicamente de manera sostenible, con más y mejores empleos y con mayor cohesión social". En el Consejo Europeo de Barcelona, en 2002, se profundizó en dicha estrategia, estableciendo como objetivo concreto un incremento, con horizonte del año 2010, hasta el 3% del PIB como media de inversión europea en I+D (entonces del 1.96% sobre PIB), pero indicando que las dos terceras partes de esta importante inversión deberían provenir del sector privado. En el reciente Consejo Europeo de marzo de 2005, celebrado en Bruselas, los Jefes de Estado y de Gobierno, ya de la nueva Europa ampliada, declararon su propósito de aumentar el potencial económico y reforzar la competitividad europea mediante la inversión en los ámbitos prioritarios del conocimiento, la innovación y el capital humano. Se trata, concretamente, de relanzar la Estrategia de Lisboa alrededor de tres ejes fundamentales: convertir al conocimiento y a la innovación en los motores auténticos de un crecimiento sostenible; hacer más atractivo el ámbito europeo para invertir y para trabajar; y que el crecimiento y el empleo estén al servicio de la cohesión social.
Pero volvamos a la consideración del conocimiento, de la tecnología, como arma de desarrollo equilibrado. Ya se ha descrito que la complejidad del proceso de innovación origina, de forma buscada o espontánea, que sólo países muy desarrollados dispongan de instrumentos adecuados (el Sistema de Innovación) para transformar el conocimiento básico en progreso.
Naturalmente existen otros muchos factores, que sería muy prolijo describir, pero que pueden ilustrarse con diversos ejemplos, que ponen de manifiesto un mal uso de los conocimientos, de la tecnología, para resolver o paliar los problemas de la humanidad.
Por ejemplo, el tema de la salud, que se refiere a una apropiación, si se quiere al menos en parte legítima y necesaria, de la tecnología por parte de grandes empresas farmacéuticas, generalmente multinacionales. El desarrollo de nuevos medicamentos requiere enormes inversiones y grandes riesgos; la recuperación de los gastos de I+D que exige el diseño y lanzamiento comercial de un nuevo fármaco hace que la investigación se centre en las enfermedades propias de las sociedades desarrolladas, que pueden permitirse el lujo de retornar a las empresas el coste de la inversión y los correspondientes beneficios. Es por ello que las enfermedades más propias del tercer mundo son objeto de muchos menos estudios e investigación, constituyendo verdaderas epidemias que diezman poblaciones enteras. Por ejemplo, es el caso, en África, de la malaria. Las dificultades del científico Patarroyo para expandir el uso de una vacuna contra la malaria - sin entrar en la discusión de su mayor o menor efectividad - al margen de los circuitos de comercialización de las grandes multinacionales ilustran este problema, para el cual no se ha podido o querido encontrar una solución adecuada en beneficio del tercer mundo.
Un segundo ejemplo se refiere a la falta de consideración por los conocimientos científicos y tecnológicos, en beneficio de intereses particulares económicos, estratégicos o políticos en general. Y ello con aplicación a lo que se conoce como desarrollo sostenible.
Es reconocido que el modelo basado exclusivamente en crecimiento descontrolado de PIB es, en países de un cierto desarrollo, insostenible. O sea, que a la larga los bienes responsables de lo que llamamos calidad de vida no sólo no aumentan, sino que disminuyen. Y no sólo con referencia a los recursos naturales de inmediato interés- agua, territorio, energía, etc- sino aquellos relacionados con la cultura, la cohesión y convivencia social, la comodidad o la belleza (el paisaje, la vida salvaje, la limpieza de la atmósfera, etc). Y, además, hay un segundo factor, que es el que generalmente este crecimiento no respetuoso con la sostenibilidad se realiza a consta de la falta de desarrollo de amplias áreas geográficas, que cada vez se hunden más en el tercermundismo. Se requiere, pues, un crecimiento respetuoso con el entorno ambiental y social, que se preocupe más por la calidad que por la cantidad , más volcado al desarrollo que al simple crecimiento .
Existen actualmente suficientes conocimientos científicos y tecnológicos, suficientes innovaciones, para resolver adecuadamente esta aparente paradoja entre crecimiento y sostenibilidad. Pero estos conocimientos, estos instrumentos no se aplican adecuadamente. Realmente, y en muchos caso, no se aplican de ningún modo.
Es el caso de lo que se conoce como el cambio climático . Existe un consenso suficiente a nivel científico de que estamos experimentando un proceso de calentamiento cuyos resultados pueden ser dramáticos a plazos relativamente breves (en el sentido geológico del tiempo). También existe el conocimiento suficiente para saber que la actividad humana está acelerando este cambio, aunque pueda discutirse la magnitud de esta influencia antrópica. Y existen conocimientos y tecnologías bien conocidas que permiten paliar y controlar, en una parte al menos, estos cambios climáticos; por ejemplo, las nuevas tecnologías para disminuir las emisiones de gases invernadero a la atmósfera. Para ello se firmo el bien conocido protocolo de Kyoto. También es bien conocido que hay países muy importantes, como los Estados Unidos de Norteamérica, que no han querido firmar este tratado, por razones económicas e industriales, demostrando una insolidaridad escandalosa con el resto de los países que han abordado este problema con seriedad.
Y a nivel más local se puede hablar también de esta desconexión, a veces brutal, entre el mundo del conocimiento y la realidad del día a día. Por ejemplo, se dispone de conocimientos suficientes para conocer lo que se denomina capacidad de carga de un determinado territorio o de una parte del mismo. O sea, se sabe con bastante aproximación calcular y medir cuánta presión humana puede soportar un determinado lugar ( por ejemplo, una playa) sin que se produzca un deterioro irreversible y mantenga cualidades que lo hagan atractivo desde el punto de vista natural o incluso cultural. Pues bien, basta considerar la catástrofe que ha supuesto, seguramente ya irreversible por generaciones, la urbanización salvaje de nuestras costas mediterráneas, para constatar que la mera especulación y la codicia han sido más poderosas que la aplicación de las bases científicas y tecnológicas que permitieran una sostenibilidad en el desarrollo.
Y tampoco debemos dejarnos deslumbrar por esos desarrollos tecnológicos tan llamativos de muchos países emergentes, en su mayoría asiáticos. Con excepciones, ciertamente notables, ello no se ha acompañado, o incluso se ha hecho a consta del bienestar social, de la cohesión social, de la educación, del empleo de calidad, e incluso en ocasiones de la propia cultura. No podemos prever qué futuro espera a esos países, actualmente tan admirados. Pero desde luego no parecen adecuados como ejemplo de aplicación con éxito de la llamada sociedad del conocimiento.
En resumen, y volviendo a la pregunta que da título a este artículo, hay que afirmar sin duda que la ciencia, la tecnología y la innovación deben y pueden ser armas fundamentales para resolver el problema de la desigualdad, entre países y en la propias sociedades de cada país. Y también para conseguir un desarrollo con las adecuadas cotas de sostenibilidad medioambiental y social. Para ello bastaría con seguir las formulaciones bien conocidas, como las contenidas en un texto ya clásico, como es la Declaración sobre la Ciencia y el uso del Saber Científico , adoptada por la Conferencia Mundial sobre la Ciencia que tuvo lugar en 1999, en Budapest, patrocinada por la UNESCO. Declaración que se resume en cuatro principios muy sencillos: el conocimiento al servicio del progreso; la ciencia al servicio de la paz; la ciencia al servicio del desarrollo; y la ciencia para la sociedad. Quizá todo se reduce al apartado 39 de esta declaración, que dice, textualmente: la práctica de la investigación científica y la utilización del saber derivado de esta investigación deberían estar siempre encaminadas a lograr el bienestar de la humanidad, y en particular la reducción de la pobreza, respetar la dignidad y los derechos de los seres humanos, así como el medio ambiente del planeta, y tener plenamente en cuenta la responsabilidad que nos incumbe con respecto a las generaciones presentes y futuras.
También cabe, para finalizar, citar algunas conclusiones recientes del denominado Equipo de Tareas sobre ciencia, tecnología e innovación, del Proyecto del Milenio promovido por las Naciones Unidas. Este equipo está constituido por 265 expertos de alto nivel de todo el mundo, incluidos parlamentarios, investigadores y científicos, representantes de la sociedad civil, de organismos internacionales y también del sector privado. En su reciente informe sobre Innovación: aplicación de los conocimientos para el desarrollo , se afirma que es probable que los países en desarrollo queden estancados en la pobreza a menos que puedan hacer lo mismo que los países desarrollados para lograr el crecimiento sostenible: incorporar la ciencia, la tecnología y la innovación en sus estrategias económicas. Y, sin embargo, en la asistencia internacional sigue sin priorizarse adecuadamente este aspecto del problema. Y se señalan una serie de opciones concretas, entre las cuales pueden destacarse las siguientes: los países deben valerse de los proyectos de infraestructuras como oportunidades de aprendizaje tecnológico; la capacidad de una sociedad para adoptar nuevas tecnologías esta vinculada con la calidad de su sistema de enseñanza; los gobiernos deben fomentar las actividades empresariales en las esferas de la ciencia, la tecnología y la innovación; debe invertirse, con el apoyo de los países ricos, en investigaciones actualmente insuficientemente financiadas de especial interés para los países en desarrollo ( agricultura, gestión ambiental, salud pública); y las organizaciones internacionales y los donantes deben centrarse en la ciencia y la tecnología, fortaleciendo los conocimientos técnicos en esta esfera.
La conclusión final es bien simple. El conocimiento, la tecnología y la innovación son intrínsecamente el instrumento más potente de desarrollo e igualdad que nunca ha conocido la Humanidad. Pero el uso no progresista de estos instrumentos también pueden convertirlos, y síntomas hay de ello a nivel global, en un infernal sistema de fomento de la desigualdad, la dominación y el subdesarrollo.